en Nueva York de paso para Los Angeles.
De momento, a todos un fuerte abrazo y un muy ALEGRE Y PROSPERO AÑO
2009. No olvidemos que los agoreros proliferan, pero nosotros siempre
tenemos algo que decir (y reir). Oño.
"El desierto es un espacio. Y los espacios se cruzan"
De momento, a todos un fuerte abrazo y un muy ALEGRE Y PROSPERO AÑO
2009. No olvidemos que los agoreros proliferan, pero nosotros siempre
tenemos algo que decir (y reir). Oño.
Llevo un par de semanetas sin actualizar el blogging, pero es porque
me he venido a España a pasar una temporada y no tenía grandes
anécdotas que contar. Pero como me han llegado noticias de que hay
gente con mono de mi blog, me siento en la obligación de anotar lo
último en mi diario virtual. Y con gusto además.
Para los que no sepáis, el día 5 de Noviembre grabé mi segundo anuncio
en menos de tres meses y salió fenomenal; una experiencia muy bonita y
provechosa. Sobre la estela de ese éxito viajé a España el día 9. Un
viaje pesado, pesado, casi un día, pero bien. Me saliero a recibir al
aeropuero de Hondarribia mis dos colegas queridos del básquet Rufino y
Husey, que son dos pedazo amigos. Me hizo mogollón de ilusión verles
en la terminal saludándome cuando bajé del avión. Después de tantos
meses tan lejos, y con tantas cosas pasadas —muchas de ellas jodidas—
hace mucha ilusión que te vengan a recibir con ese cariño. Gracias
tronkos.
A los dos días de llegar me escapé a Navarra para hacer un
cortometraje con un grupo encantador de estudiantes de la Uni de
Navarra. Una gente excepcional que organizó un rodaje de chapeau.
Trabajé con Paul Zubillaga y Ana Rodríguez, dos actores excelentes. El
corto se titula "Café para tres" y me lo pasé de cine. Estuvimos en
una casa rural de Milagro, Ribera Navarra, y tuve la oportunidad de
trabajar, como digo, con un equipo encantador y superprofesional y con
un guión de alto nivel. Aprendí, disfruté y trabajé, no necesariamente
en ese orden. Fue un aterrizaje precioso para mi vuelta. Gracias
Maite, Helena, Vicki, Jorge, Dani, María, Marta, Iosune, Bea, Pachi, Paul,
Ana y todos los demás (peluqueras, maquilladoras, atrezzo, sonido,
etc, etc. (perdón si me olvido del nombre de alguien; las caras las
llevo todas guardadas).
Después de eso, y del bajón que me dio acabar, pues he estado
reconectando con la peña del basket dominical (fenomenal retomar esta
rutina querida), con mi familia y con mis amigos y amigas que ya
sabeis quienes sois todos.
Ahora en Benidorm, con mis padres, escapando de la lluvia y oscuridad
ambiental de Euskadi en esta época del año y pillando un poco de sol,
que nos hacía falta a los tres.
El día 12 de de Noviembre, aparezco en Radio Segura, en el excelente
programa sobre basket NBA, BASKETALDIA. Mi amigo Josean me ha llamado
para que acuda y conversemos sobre basket y mi vida angelina (LA), o
sea que estáis todos invitados a escuchar y divertirse, porque va a
ser divertido. (La vida tiene que ser divertida, coño, si no es un
coñazo).
Bueno, creo que esto es todo de momento. Me voy a tomar el solete.
Me da la impresión de que estamos en el fin de un ciclo que empezó en
los 80 del siglo pasado. Un ciclo de desregulación descerebrada,
liberalismo dogmático, avaricia económica y social y, en general, un
ciclo de latrocinio legalizado y de redistribución salvaje de la
riqueza de las clases medias y bajas a las altas. La burbuja se
desinfló un par de veces o tres en ese periodo, pero lo de ahora es un
reventón en toda regla. Es esperpéntica la imagen que nos deparan los
periódicos todos los días. Noticias extraídas de algún No-Do sepia de
una película B por barata e increíble. Lo alucinante es que es verdad.
Wall Street, los directivos, los analistas de Bolsa, viven sus últimas
horas, días, meses de gloria. Los cuellos blancos y corbatas Armani;
los martinis secos; los Ferraris y las mansiones; los viajes de fin de
semana a pescar peces espada en Belize o a jugar al golf en Bahrein.
Todo esto se acabó. La sensatez tiene que volver de la mano de las
faraónicas subvenciones estatales que estas sanguijuelas hipócritas
van a recibir de los contribuyentes. ¿No?
Aquí es donde entra Obama. Obama llega con el estandarte del cambio.
Pues bien, nada, pero nada, marcaría mejor ese cambio que pasar por la
piedra a Wall Street. Que se acaben las bonificaciones millonarias por
chupar del bote y seguir la corriente, sin más; que se exijan
responsabilidades a los ejecutivos de los bancos. Que devuelvan sus
cesantías hipermillonarias después de llevar la empresa a la quiebra.
Está claro. ¿Sí? Veremos.
Obama dice lo que hay que decir, pero hay que esperar a ver si hace lo
que hay que hacer. Hace unos años la multinacional energética ENRON se
fue al carajo por haber especulado indecente -e ineptamente- con
derivativas energéticas (o sea, bolas de aire rellenas de nada). Eso es justo lo que ha pasado con las hipotecas. La misma idea. Aquello no sirvió de aviso. Todo el mundo
iba a toda pastilla, ciego; la meta, arramblar a toda costa con una parte del
pastel antes de que se evaporara. El deporte de riesgo ha consistido en
jugarse los ahorros (muchas veces los de los demás) a entrar y salir
del mercado con beneficios antes de que se desmoronara, algo así como
entrar en un edificio en llamas para rescatar a alguien antes de que
se derrumbe, con la diferencia que aquí se trataba de robar la caja
fuerte, no de salvar a sus dueños. Un fraude a escala mundial.
Patético ver a los comentaristas financieros USA poniendo cara de
miedo cuando Obama sale a hablar: ¿Qué va a hacer? ¿Nos encaminamos
hacia el socialismo? ¿Sus políticas serán pro-Bolsa o irán contra
ella? Patético ver cómo se revuelven en el fango económico que ellos
han contribuido a crear durante años jaleado cada desregulación, cada
instrumento financiero sintético, cada desboque bursátil sin razón, y
ahora que el país y medio mundo están en caída libre tienen MIEDO de
la persona que precisamente propone hacer algo diferente. La Bolsa
baja porque no confía en Obama, dicen. Surrealista. No hay nada más
surrealista que la estupidez disfrazada de expertise.
Hablan de Obama como si la economía fuera de cine y éste viniera a
romper la buena marcha. Patético el poder del dogma ideológico sobre
la realidad. No hay más ciego que el que no quiere ver, qué dicho más
cierto, más acertado. Acusan a Obama de redistribuir la riqueza y se les nubla, se les blanquea el cerebro, cegados (convenientemente) a la obscena redistribución que se ha llevado a cabo estos últimos 20 años y especialmente estos 8 de la clase media y baja a la alta, a los millonarios más millonarios de todo EEUU y la que sigue produciéndose a escala global. Pero eso no es redistribución (asumen), eso es el orden natural de las cosas. Mentalidades preilustradas ensartadas en trajes Dior.
Es a Obama al que le toca afrontar este panorama. Desde luego, por lo
que le he visto en campaña y hoy, en su comparecencia ante la prensa, es un hombre muy adecuado para llevar el timón en este vendaval. A ver si al final los usamericanos van a tener
que hacerle un monumento en el monte Rushmore a este hombre negro, o
un memorial en Washington. Es muy pronto para decirlo, claro. Pero si
las leyes de la naturaleza sirven de ejemplo, no sería extraño que
después del devastador despliegue de incompetencia, mendacidad, venalidad y
arrogancia del Gobierno Bush, la ley del equilibrio hubiese traído de
alguna manera a alguien con un aura de competencia, serenidad y pies
en el suelo, justo lo ideal para manejar la crisis. Esperemos que sea así.
Vaya día. Habré hecho más de 100 llamadas a varios estados disputados,
desde las 11 hasta las 6, aparte de otras cosas, en un ambiente
eléctrico. Centenares de personas llamando por teléfono con una
organización y una entrega absolutas. Una campaña centrada, decidida a
ganar. Estos americanos, cuando se lo proponen, saben cómo hacer las
cosas. Hay dinero, claro, pero en este caso ha habido mucha más pasión
que nada. Era algo que te dejaba tocado. Y cuando los resultados han
empezado a llegar y se veía que iba ganando, todavía entonces, una
hora más de llamadas a Iowa para sacar a votar a todo el mundo (aquí
no hay jornada de reflexión y se hace campaña hasta en el día de la
votación). Todo el mundo centrado. Ahí sí, ahí me he escapado a la
gran sala donde luego ha sido la celebración con pantallas gigantes,
algún discurso (pocos afortunadamente) y las conexiones con los
discursos de McCain y Obama. Luego bailoteo, fiesta con los de la
campaña en una suite, un poco de pizza, más resultados (ya puliendo el
tema porque el resultado está decidido), buena conversación política y
a casa.
Y encima, en mitad de la celebración, me llama mi agente y me dice que
he conseguido otro anuncio. Y encima este anuncio que voy a hacer me
va a permitir sacarme la tarjeta del sindicato, imprescindible para
trabajar en cosas serias (series de TV, pelis etc.). Esta tarjeta es
como una llave que si no tienes no puedes entrar en ningún lado. Y
normalmente cuesta UN GUEVO conseguirla. Vaya subidón. Mi segundo
anuncio en dos meses y encima el premio de la tarjeta sindical. Y
Obama gana (y yo que participo en ello). Joder. Qué bien.
Me voy a acercar a la sede Demócrata en Los Angeles a hacer llamadas a
otros estados para que la gente vaya a votar (esto no tiene nada que
ver con las elecciones en España) y a estar en la movida. A la noche,
party. A ver si mañana escribo algo comentando lo que ha pasado hoy.
Y el otro día, una celebración espectacular en lo que en Mexico llaman
el Dia de los Muertos. La hicimos en el Cementerio Hollywood Forever y
estuvo espectacular. Miles y miles de personas para ver los altares,
espectaculares todos, construidos por personas, familias, para
recordar y celebrar a sus fallecidos. Una cosa espectacular y muy
conmovedora. A eso le añadimos el impenitente sabor americano del
consumismo (aunque Europa no le va a la zaga) y showbusiness y tenemos
un evento para recordar. Aparte que el cementerio es precioso y te da
espacio para estar viendo música un momento y perderte entre las
tumbas para descansar un rato en paz (pero sin RIP; hum...). Algo
especial.
Pero la de ahora es histórica por el factor raza (primera persona de
color aspirante a presidente en USA —y en todo el mundo occidental—) y
por momento en que ocurre —la mayor crisis económica de la posguerra.
Además tenemos el tsunami constante de información por todos los
medios (prensa, tv, internet, radio) que nos bombardea y entretiene a
todas horas. No sé qué voy a hacer después de la elección por las
tardes. Ahora me encanta sentarme delante de la tele a ver los
diversos programas que cubren la campaña, especialmente los de MSNBC,
que son probamaistas y tienen dos o tres presentadores absolutamente
magníficos. La televisión aquí no tiene nada que ver con la allí, al
menos en lo que se refiere a los programas de análisis político.
Primero, hay tropecientos, y segundo, hay bastante morralla en cuanto
a sesgo y tratamiento distorsionado, pero también hay bastantes que
hacen un trabajo excelente día a día. Cierto que sigue habiendo mucho
peso pesado de la tele que es incapaz de hacer una pregunta dura,
directa o de rebatir con algo evidente y crítico al entrevistado (su
cooptación por el sistema—que están conchabados, por decirlo de alguna
manera— es evidente). Pero hay otros que son muy críticos, al menos
con los republicanos y mccainitas. Hay un tipo que se llama Keith
Olberman que es lo mejor que he visto en reportaje político-satírico.
A veces se pasa un poco de rosca, pero le he visto hacer dos o tres
comentarios especiales —cuando da su opinión editorial sobre un tema
dando un discuso-comentario—absolutamente espectaculares.
Aquí ahora lo que queda son 6 días en los que los demócratas van a
estar cagados...por miedo a cagarla. Y los republicanos van a estar
cagados porque ven que se acerca el día en que van a recibir la peor
derrota en 40 años...salvo que los demócratas la caguen por tercera
vez consecutiva. Son especialistas en hacer campañas cutres y en tirar
por la borda la ventaja acumulada. Primero fue Carter, que después de
aventajar claramente a Reagan en las encuestas, se hinchó de
cacahuetes, le entró alergia al Despacho Oval y abrió la puerta a la
involución conservatriz de la extrema derecha Reaganita. Luego fue
Michael Dukakis en 1988, que hizo lo mismo —echar por la borda su
mejor posición—y dejarse ganar por bushpapá. Gore tiene el recórd
olímpico de elecciones cagadas en los últimos 40 años. Lo tenía a
guevo, pero a guevo en 2000 y lo perdió. La excusa de que ganó el voto
popular pero el colegio electoral y el Tribunal Supremo le regalaron
el voto a Bushijo es buena, pero el hecho de que su carrera fue
paupérrima y permitió que un cretino como bush le ganara en la foto-
finish —aunque se equivocaran los jueces— está ahí. Lo de Kerry en
2004 ni comentar. Recuerdo que le vi en debates por la tele y daba
grima. Con el país en guerras descendente —ya se veía lo que estaba
pasando en irak y afganistán—no tuvo agallas para enfrentarse a Bush y
la gente "tuvo" que reelegir a regañadientes a este incompetente: ante
la tesitura de elegir a una copia o a un original, la gente siempre
elegirá el original. Eso es una realidad política que vale en todos
los países y situaciones. Una verdad como un templo, vamos.
Y ahora llega Obama. La verdad es que su mensaje es el más claro y
diferenciado que ha dado un demócrata en todos estos años. Tampoco era
difícil, pero la ineptitud tan supina del bando demócrata siempre
dejaba dudas —por eso el miedo a que la caguen otra vez—. A nivel
internacional, si gana Obama las grandes cosas no van a cambiar mucho.
Quizás su actitud y filosofía sí modifique el hacer EEUU, pero no
estoy seguro de que vaya a hacer nada espectacular. Estos progres
cuando llegan al gobierno se oficializan echando leches (Felipe
González en España, Tony Blair en Inglaterra, Mitterrand en Francia,
etc. Quizás la excepción que veo es la de Zapatero en un principio con
lo de Irak y todas las leyes sociales que ha hecho—alguna bastante
mala, por cierto—). Pero esto es USA y la inercia conservadores es
tremenda, tremenda. Donde más esperanza hay es en el tema de la
seguridad social. Espero que este hombre, si gana, tenga presente que
la gente no le va a votar para que haga amigos con la extrema derecha
cristiana que ha dominado la escena los últimos 30 años, sino que la
gente le habrá votado para que menee un poco el cotarro. La oposición
será enorme, pero también tendría el apoyo de mucha gente (la mayoría
de los periódicos le apoyan, por ejemplo). En fin, muy interesante.
Aunque claro, primero tiene que ganar. Veremos
Y reflexiono sobre el miedo de la gente a hablar, a comunicarse a
expresarse, a valorar la vida con toda su maravilla y fragilidad, la
dificultad enorme para comprender y aceptar el valor de lo que se
posee en términos de relaciones, salud, vida y refugiarnos en nuestros
propios laberintos de los que un día saldremos para morir. La cuestión
está en saber si cuando llegue el momento de desaparecer habremos
hecho todo lo posible para vivir. No para ganar dinero ni tener una
casa más grande o una esposa más guapa. Sino para amar y conectarnos,
dar y compartir, ayudar y crecer como personas. Estamos en la sociedad
del miedo, y cuando no hay miedo, hay escapismo, y cuando no hay
escapismo hay culpabilidad, y cuando no hay culpabilidad hay silencio
culpable o miedoso. Saludas y te miran raro. No dices nada y eres
raro. Te muestras vulnerable porque hablas de tu vida y te toman por
débil o por loco. Es gracioso, cómo los valores, los valores sí, se
han tergiversado perversamente en nuestra sociedad. Cuánto ciego hay,
qué ciegos vivimos. Nos creemos inmortales; nos puede la
arrogancia, y sólo porque está cubierta del betún brillante de algún
logro esencialmente banal, no porque valga para nada que no sea una
perspectiva distorsionada de nosotros mismos y de los demás. Tenemos
puestas las gafas al revés. Y por supuesto, nosotros siempre tenemos
razón. Es el tonto de enfrente, el pobre, que no sabe lo que dice, el culpable de mi sensación de vacío. Si yo soy un tío cojonudo. Aunque no haga nada, soy cojonudo. Aunque sólo
me queje, soy cojonudo. Y si no me quejo, más todavía. Por eso, ¿para qué me voy a relacionar con nadie? Si me valgo conmigo mismo. Yo y mi ombligo. No me hace falta nadie más. Perfecto. Eso sí, cuando el antídoto que creemos tener contra el miedo a vivir se evapora y la losa de la soledad se desploma fría sobre nuestras cabezas, entonces nos acordamos de todas las oportunidades que hemos dejado escapar, algunas tan cercanas y valiosas. Creemos que siempre habrá una más. Pero la seguridad no existe. Entre obviar y ser obviado, la diferencia son cinco segundos, lo que se tarda en cambiar el tiempo verbal. Así es la vida.
En fin, que la gente, cuando nos empanicamos hacemos cosas que dos
semanas, o dos meses, o dos años más tarde, nos pesan. Y es normal. O
sea, es normal que nos preocupemos y que tomemos decisiones
impulsivas. Siempre digo que yo no soy ningún héroe y la gente normal
tampoco, por lo que pedir nervios de acero cuando vemos lo que estamos
viendo es pedir algo bastante heroico. Cierto. Pero
también es cierto que el mundo no se va a acabar mañana ni el 2009. (Y
mira tú que si se fuera a acabarse de verdad, ¿para qué cojones nos
preocupamos de la Bolsa?). Es comprensible la reacción que estamos
viendo, pero hay que hacer un esfuerzo (todo esto me lo digo a mi
mismo) para arriar velas pero sin romper el mástil sólo porque estemos
en mitad de la tempestad. Ésta pasará seguro. No sabemos si en un año
o tres. Pero que pasa, SEGURO. Lo que no podemos hacer es tirar todo
por la cubierta, porque el viaje va a seguir, para bien o para mal, después del ciclón.
Me acuerdo que el 12 de septiembre de 2001 fue un día esplendoroso,
brillante, soleado. El cielo de Nueva York era de un azul hermosísimo.
Ni una nube. Y en las calles había un silencio casi reverencial. La
gente nos mirábamos con ojos de fraternidad y solidaridad. Hablábamos
con extraños, aunque fuera en tonos muy bajos, como si estuviéramos en
la iglesia, o en un a biblioteca. Y nos comunicábamos. Lo que me hace
sentir ahora como entonces es la necesidad de estar con gente, al
menos rodeado de otros seres humanos. Entonces los restaurantes se
llenaron. La mejor paella de mi vida me la comí con mi sobrino Urko y
mi amigo escultor Larry en un restaurante español, Montero, en el
viejo muelle de Brooklyn. Urko y yo llegamos hacia las 9 de la noche,
exhaustos, después de patear todo el día por los alrededores de la zona cero —hasta donde nos dejaron pasar los tanques— filmando y haciendo entrevistas a las familias de gente que había estado en lastorres. Fue una locura. Lloré. Pero cuando nos topamos con Larry, los tres
nos alegramos de romper el hechizo particular que cada uno arrastraba después de dos días surrealistas. El restaurante a rebosar. No por insensisibilidad hacia
lo ocurrido, sino porque todo el mundo quería estar con gente. Sentir
la vida, no por despreocupación. Así me siento un poco yo hoy. Que caigan las Bolsas es muy dolorosos, pero menos grave que caigan dos edificios, mueran asesinadas miles de personas y se plante la semilla de decenas de miles de muertos más. Pero cuando he escuchado 'Imagine", de John Lennon, me ha venido a la cabeza una imagen de aquel día 12 de septiembre de 2001: atardecer en el paseo marítimo de Brooklyn, sobre la bahía de Manhattan; al otro lado del río, el distrito finaciero con el vació de las torres; sólo un gigantesco penacho de humo podrido que duraría días. Decenas de personas congregadas para compartir sentimientos y dejar un tributo a las víctimas. El sol brillante se está poniendo por detrás de la estatua de la
libertad. Una bicicleta destartalada apoyada sobre la barandilla, no
veo a su dueño; sobre la parrilla trasera, sujeta con una cuerda de
esparto, una radio desdentada. De repente, empieza a sonar "Imagine".
Por eso me ha venido todo a la cabeza. No es tanto ni tan grave. Pero,
al igual que entonces, tengo necesidad de estar con gente. Aquí no hay
Montero ni paella, al menos que yo sepa. Mi sobrino estará en Zumarraga, y Larry sigue en Nueva York. Me tendré que conformar con un café con leche y una madalena en el café de la esquina. A lo mejor entablo conversación con mi vecino o vecina. Quién sabe. Visto todo lo visto, me conformo. (Por cierto, el café se llama Psychobabble, que quiere decir algo entre "Diarrea Mental" " y "Bla, bla, bla". Casualidad, hace unos años pinté un cuadro que también titulé así: Psychobabble.)
PD. Después de escribir esto y venirme al café, he tenido una conversación con el cafetero, un mexicano muy seco y bastante brusco que hoy tenía ganas de charlar, y con !mi vecina!, una irlandesa que vive en frente mío y hasta hoy no habíamos coincidido. O sea, que a veces lo que se pide se nos concede. ¡Salud y a por ellos!
Desde que entró en el restaurante, el hombre no había parado de llorar. Le había pedido al camarero la mesa cercana al escaparate, la que miraba a la calle, justo al lado del florero gigantesco repleto de plantas tropicales que se inclinaban sobre la pequeña fuente de mármol que daba vida al ala izquierda del comedor.
Sin parar de llorar, se sentó de cara a la cristalera, observando, entre cataratas de agua salada, el ir y venir de la gente y de los perros. No sabía por qué lloraba, y no quería saberlo. El camarero ni le miró a la cara cuando entró; evidentemente estaba acostumbrado a ver gente llorando descon-soladamente en su restaurante. Además no tenía tiempo que perder porque tenía que vigilar a un señor con parche en el ojo y pintas de pirata que se había sentado en la mesa de al lado del piano de cola. Estaba claro que aquel bucanero estaba esperando una oportunidad para escabullirse hacia el instrumento y ponerse a tocar algún réquiem con sus manos de garfio, cosa que en aquel lugar, a pesar de la epidemia de tristeza, estaba absolutamente prohibido.
Cuanto más lloraba el hombre, más triste se ponía, lo que hacia que desease llorar aún más. Ya no le quedaban pañuelos para secarse el torrente de lágrimas que le brotaba de los ojos, así que comenzó a utilizar las elegantes servilletas de color de rosas y bordados de abedul que encontró púlcramente dobladas encima de la mesa. Como el camarero no tenía tiempo que perder con este hombre que lloraba tanto, porque tenía que vigilar al pirata, le trajo un menú y se fue sin esperar, no sin antes darle otra servilleta y aconsejarle que moviera su silla un poco más cerca de la rejilla del desagüe, para dar fluidez al proceso de evacuación del río de lágrimas.
Los efectos de la marea habían comenzado a ser notados por los demás comensales. Por ejemplo, un niño que andaba aburrido por allí mientras su abuela y su madre devoraban una ristra de costillas de venado como si fuera lo último que les quedara por hacer en la vida, hizo trizas el menú y construyó un barquito para hacerlo navegar entre los mares que se habían formado entre las mesas. La intrépida y abstraída abuela, en un descanso de la tripada costillar comenzó a quejarse de que con tanta agua se le iban a mojar las enaguas, y de que no tenía otras, por lo que exigía que cerraran los grifos inmediatamente.
Completamente ajeno a estos acontecimientos, el hombre seguía llorando a borbotones. Sin embargo, poco a poco empezó a gustarle aquello de llorar. Notaba que era como martirizarse con el cilicio pero sin sangre, una especie de entrega espiritual a uno mismo, una dejación de responsabilidad vital y una inmersión en el pozo transparente de la auto-compasión. Y todo eso sin saber por qué.
De repente se dio cuenta de que una multitud se había agolpado delante del escaparate y le miraba con curiosidad. Probablemente serían unas 17 personas, 3 niños y 2 perros, un cocker y un huski. Le encantaban los huskis, pero a éste no le podía ver bien, porque se lo impedían las lágrimas. Una chica de unos 15 años tenía la nariz y los labios pintados de morado pegados al cristal, mirándole fijamente a los ojos.
Finalmente, el camarero vino a anotar su pedido. Llegó subido en la barca de salvamento que el restaurante guardaba siempre para estos casos, que eran cada vez mas numerosos. Tan pronto como el hombre le pidió el bocadillo de lentejas y el estofado de cangrejos venecianos en su salsa, el camarero tomó los remos y se fue a la cocina, donde los cocineros, como caldereros de un barco que se hunde, se afanaban por mantener el fuego vivo entre tanto agua que les llegaba ya hasta los fogones.
El cocker, aburrido porque no pasaba nada y nadie le daba un pedazo de chorizo, se fue. La multitud también se comenzó a hastiar de aquella escena. Un tipo llorando hasta convertir un restaurante en un acuario, con niño, madre y abuela incluidas, ya no causaba tanta impresión como al principio. Al fin y al cabo, hoy en día cualquiera puede llorar a mares. Uno a uno todos se fueron dispersando. Sólo quedaban la chica y el huski, que a lo mejor iba con ella, pero no era seguro. El hombre seguía llorando, ya casi con el agua al cuello, encantado de lo bien que le salía. Desde que había aprendido a llorar la vida era más sencilla, menos tensa, más agradable. Qué bien.
Llegó el camarero con la comida. Justo en el momento en que empezaba a zamparse el entremés de lentejas, entraron en el restaurante la joven y el perro; por la manera en la que se conducían era obvio que ninguno de los dos había estado antes en un local de tanta categoría. Lentamente, con timidez, se acercaron a su mesa.
"Hola", dijo la chica. El perro se rascaba la oreja mientras esnifaba con cierto aire de desprecio al aromático estofado de cangrejos que aguardaba encima de la mesa.
"Hola", respondió el hombre, sonándose los mocos con la parte baja del mantel.
"¿Nos dejas llorar contigo?" preguntó la chavala.
"Claro, por supuesto. Llorar es libre", respondió él.
Y la chica y el perro se sentaron a la mesa y comenzaron a llorar desconsoladamente, sin que el camarero, que seguía sin quitarle el ojo de encima al pirata, les prestara mayor atención.
A la abuela, la cosa le hizo menos gracia, porque el agua le había empezado a llegar al sujetador, y no le quedaba otro para recogerse sus ampulosas tetas, por lo que sin esperar a la madre, que había ido al servicio a hacer sitio para el postre de arroz con leche que había pedido, agarró al niño, con barquito y todo, y se lo llevó de allí en el flotador que siempre llevaba en el bolso para situaciones de emergencia.
"Abuela, abuela, yo también quiero llorar", gritaba el niño.
"Aquí no, en casa", respondió la abuela.
Cuando la madre del niño, y niña de la abuela, regresó del servicio y vio que se encontraba sola y sin arroz con leche, sintió una tristeza muy grande y decidió que sería bueno desahogarse con alguien. Nadando se acercó a la mesa donde estaban el hombre, la niña de 15 años y el huski, llorando a trío de una manera perfectamente sincronizada y alegre.
"¿Puedo llorar con vosotros?" preguntó, muy seria.
"Claro. Acércate. Llorar es libre", respondió el can, que de joven había estudiado literatura, y entendía mucho de política.
Y la madre, agarrándose al mantel, se subió encima de la mesa, que por ahora estaba flotando a la altura de la copa de las plantas tropicales, y se puso a llorar.
Pero nosotros que vivimos en la vertiginosa montaña rusa del mundo
industrializado, contamos la historia por guerras, dictaduras y crisis económicas. Aunque también dentro de estas categorías hay grados. Nuestros bisabuelos y abuelos hablaban de la Gran Guerra para referirse a la Primera Guerra Mundial. Para los que la vivieron,
aquello fue un evento que marcó sus vidas al rojo. Luego llegaría la
Segunda Guerra Mundial, que se habría llamado la Madre de todas las
Guerras si la CNN hubiese existido entonces (afortunadamente no
existía y tampoco me importaría nada que dejara de existir ahora).
Vietnam fue otra guerra que casi todos hemos conocido, aunque nos tocara en
la más tierna infancia, pero no llega a la categoría de las otras dos,
ni siquiera para los usamericanos. Por otro lado, a éstos las
dictaduras les suenan a algo lejano y sudamericano, aunque los más
cultos normalmente te pueden citar la de Franco, una de las tiranías
con más caché internacional del último siglo después de la de Hitler,
Stalin —y para algunos, la de Castro—). Pero para los españoles, el
Franquismo y la Guerra Civil son sin duda los eventos históricos más
profundos por los que ha pasado el país en el último siglo. La caída
del muro de Berlín y el colapso soviético son eventos que los alemanes
y los rusos los llevarán en la piel, aunque también marcaron la
conciencia histórica de todo el mundo —y la siguen marcando porque
vivimos a rebufo de procesos que se pusieron en marcha
entonces—. Y hablando de procesos, ningún proceso es más significativo
que la crisis económica que estamos viviendo, o a punto de vivir, si
hacemos caso a muchos analistas.
El mercado de la guerra en sentido conceptual (no hablo del "mercado de armas", sino de la
acción propia de la guerra), en vez de globalizarse se ha localizado:
por ejemplo, hoy en día nadie piensa en la posibilidad de una guerra
mundial y en su lugar tenemo guerras en minúscula diseminadas por todo
el planeta. Pero, por otro lado, las economías y finanzas sí se han
mundializado. Hasta hace 20 años se decía que cuando EEUU pillaba
catarro Europa estornudaba. Pues ahora se puede decir que cuando EEUU
tropieza y se cae, es Europa la que se parte los dientes en la caída.
Y lo mismo se puede decir del resto del mundo (aunque habrá algún país
que no sufra demasiado estos tropiezos, por ejemplo los ubicados en
la zona gluteal del globo, valga el símil antropomórfico).
Y en esas estamos, si nos creemos lo que nos dicen los financieros,
los medios y los líderes políticos. O se pone freno a la caída
iniciada en EEUU, o nos la pegamos todos (dicho de otro modo: o
ponen grasa en el sistema económico o éste se atasca y se cae de morros
de una manera no vista por nuestra generación). Cierto es que poca
gente realmente cree que se podría llegar a aquellos extremos de la
Gran Depresión, pero tampoco hay que caer tan profundamente para que
el sopapo reverbere desde los EEUU y nos deje a todos temblando. Lo
que está claro es que estamos viviendo un momento histórico, tanto por
los eventos como por sus posibles repercusiones. Cuenta el New York
Times que entre los días 15 y 18 de septiembre la economía del país
estuvo a punto de derrumbarse casi por completo por la absoluta falta
de confianza y el bloqueo total de los mercados financieros. El pánico
ocurrió entre bastidores, entre las grandes instituciones financieras,
y no trascendió a la calle, pero la situación debió ser crítica.
Ahora, después de la aprobación del plan de rescate las cosas parecen
haberse estabilizado; al menos hay una estrategia desde el Gobierno,
cosa que antes no existía y los operadores financieros, dejados a su
suerte por las salvajes políticas liberales de Bush, Cheney y cía, corrían
caóticamente de un lado a otro de la jaula como gallinas descabezadas.
Tanto si la crisis se agranda —esperemos que no— como si se le ponen
riendas, yo siento que estoy viviendo un momento histórico, desconocido en 70
años. No lo vemos, no lo notamos, no lo sentimos todavía. Pero ocurre.
De todos modos, sin ser catastrofistas hay que tirar de optimismo.
Hay consenso en que, después de aprobado el rescate, todos podemos
respirar más tranquilos. Se ha puesto la primera piedra de la solución
—o por lo menos no se ha quitado la piedra angular que sostiene el
edificio, que no es poco—. Todavía hay mucho camino que recorrer pero,
se hará con red en lugar de sobre el vacío. Lo que está claro es que
todo esto nos va a costar. Ojalá me equivoque radicalmente, pero
va a a costar dinero, va a tener un costo en confianza y en términos de
actitud; probablemente haya una reacción contra lo bursátil y lo
financiero, por no decir lo político —al loro con los movimientos de
extrema derecha y los populismos: ver Austria—. Nos va a costar, al menos a corto y
medio plazo. Todo tiene solución, y con tiempo y una caña volverán
tiempos más tranquilos y pujantes para todos. Hay que estar
tranquilos y pensar que es una tormenta en el viaje. Esperar una
singladura universal y permanentemente plácida es ilusorio. De momento
hay que plegar velas y soltar lastre. Nos toca pagar el precio de
vivir este momento sin paralelo en nuestra generación. El precio de vivir en medio de la historia.
Si la II Guerra Mundial fue la Madre de todas las Guerras, la Gran
Depresión fue la Madre de las Crisis Económicas. Confiemos en que el pasado se
quede ahí y no haya que añadir ningún ordinal a ese ominoso término
acuñado en los 1930. Personalmente, estoy convencido de que así va a
ser (a pesar de que hay gente que lo ha pintado mal). Una manera
de contribuir a que las cosas no se descaucen es que todos estemos
informados y responsabilizados para que ningún político ni banquero con jeta
nos la clave con palabras bonitas pero falsas. O al revés, con miedos
absurdos que nos acobarden para que ellos se beneficien. No es fácil
acertar y bastante tenemos con gestionar el día a día. Pero,
utilizando un término financiero, en última instancia el principal
accionista de nuestra vida somos cada uno de nosotros. Y a nosotros nos
corresponde el esfuerzo de informarnos, prepararnos y actuar con toda
la responsabilidad que podamos o sepamos. No es fácil. Pero como dice el dicho: nadie dijo que lo sería.
Hoy tengo ganas de mostrar mi mejor careto, que un poco de publicidad nunca viene mal.
Antes de salir a escena. Dark Side of the Moon.
Atardecer en la azotea de mi casa.Pasó lo mismo poco antes del 11-S (y no me refiero a la teoría de la
conspiración sobre sus autores, que es muy interesante y da casi
terror creérsela). No quiero entrar ahí ahora. Me refiero
sobre todo a que la economí USA vivía el boom de las puntocom. Había
señales de cansancio económico y estaba claro que había una burbuja.
Pero lo que me llamó la atención de una manera clara fue cómo durante
el interim de la elección-designación del presidente USA después del
carnaval bananero de las papeletes de Florida (hubo un mes en el que
no había ganador y el Tribunal Supremo se arrogó la decisión), cada
uno de los candidatos empezó a hablar como si fuera ya presidente.
Pero Bush y sus esbirros (Cheney) se encargaron de repetir y repetir
que la economía estaba mal, muy mal, metiendo miedo a la gente hasta
que al final todo el mundo se lo creyó. Nunca he visto a un presidente (y mucho menos a uno que está en la antepuerta de serlo. Era como si estuvieran diciendo al país: "A lo mejor Al Gore ha obtenido más votos —que los tuvo— pero yo soy el adecuado para sacar al país del lodazal en el que YO os digo que nos vamos a meter". Lo que no decía era que el fondo privado de inversión en el que participa su familia, junto con los reales saudíes, hacía ya más de un año que había empezado a desinvertir en las puntocom) salir a la palestra ANTES de una crisis y decir que el país está en crisis. En la vida. Hasta entonces. Se podrá pensar que el hombre sabía lo que se avecinaba y estaba siendo buen servidor público al decirlo. Pero vistos los movimientos financieros y políticos de la época (intervención inconstitucional del Tribunal Supremo, descalabro bursátil posterior, 11-S y política del miedo) sonaba más a eso, a una estrategia prefijada de atemorizar—para desde el poder hacer lo que beneficiaba a sus colegas oligarcas—que a una de informar y de dar confianza al país.
El caso es que ahora nos asustan con otra Depresión. Quizás sea verdad,
pero al final, esto huele a lo de siempre. Un puñado de élites
plutocráticas se han forrado durante años a costa de expoliar los
mercados y contaminarlos con dinero radiactivo. Y ahora se lavarán las
manos y se irán a casa con millones de dólares en compensación por los
"servicios" prestados (y nunca mejor dicho lo de prestados) y el común
de los mortales, contribuyentes, ahorradores, pequeños inversores etc.
se quedan a limpiar los restos de la francachela y a pagar por los
destrozos causados. Otro legado más del "Final de la Historia"
predicho por el tal Fukuyama, es decir, de la historia entre el modelo
soviet y el modelo Washing. Nos quedamos con éste y se nos están
derritiendo las túnicas de oro chapado con que nos vistieron el
santurrón que nos endilgaron.
Un monumental fraude a escala mundial.
Una pasada. Hoy me he enterado de que hasta las propias financieras
hipotecarias falsificaban los documentos de los potenciales clientes
para poder darles MÁS dinero de préstamo e inflar sus carteras de
activos y, por supuesto, sus comisiones. Me lo ha dicho uno que
trabajó en la más importante y primera que se fue al carajo, Country
Wide. Escalofriante. A gente a la que apenas le llegaba para comprarse una
roulotte, les daban pasta para comprarse una mansión. Y ahora no pueden pagar ni por el forro. (Y con esas hipotecas han hecho paquetes, los han titulizado, les han puesto un lazo y los han vendido como si fuera la ostia, cuando son incobrables. Y el que las haya comprado, que se busque la vida (muy mal, claro: un marrón incobrable en gran parte). Rapiña
espeluznante.
No sé lo que va a pasar. Por lo menos el Gobierno se ha puesto manos a
la obra para limpiar todos esos activos tóxicos. La cuestión que tengo
es qué pasa en España. ¿Están los bancos tan bien comparados con los
bancos USA como nos quieren hacer creer? Tengo mis dudas. Ojalá me
equivoque.
Nota peliculera. Recomiendo la película Crash para quienes no la hayais
visto; ganó el oscar en 2005 y no la había visto, pero es excelente.
Zaindu eta ondo ibili!
Siguiendo con lo del piso. El caso es que llevo casi un mes buscando
piso—apartamento— por todo Los Angeles. Al principio con tranquilidad,
luego con ansiedad, en algún momento con desesperación; y ahora con
simple y puro nerviosismo, por momentos salpicado de autohumor y de
cierto esfuerzo por quitarle drama al tema, o ver lo positivo a esta
situación tan tensa. Por ejemplo, el ejercicio físico: no tener coche
y ser Los Angeles un pequeño océano de cemento, me ha permitido
recorrerme todo el norte de la ciudad en bicicleta y ponerme realmente
en forma, con mención especial a mis piernas; si en algún momento he
visto con preocupación la incipiente aparición de algún pliegue de
piel (acaba de sonar el timbre, campana o lo que sea el instrumento
enojoso ese que emplean para dar la entrada a la escuela: son las 7:57
am)...(otra vez: para que os hagáis una idea, la campana es como un
despertador de aquellos antiguos, con las dos bolas arriba y el
martillete golpeándolas compulsivamente, pero 50 veces más grande,
claro). Bueno, sigo. Decía que los plieguecillos de piel que me habían
empezado a salir en las piernas —la edad no perdona— se han ido. Puro acero.
Fuera pellejo. Hay que anotar que todo el norte de LA está construido sobre colinas ondulantes, y hay unas subidas y bajadas hermosísimas, como unos picos y valles semipirenáicos.
O sea, que un beneficio de buscar piso por aquí es la forma física.
Otro es el moreno. A pesar de que me tengo que poner protector solar
(SPF 30-45) todos los días sólo para salir a la calle, el astro rey no
deja de hacer su trabajo y luzco un tono epidérmico similar a los de
nuestros queridos ciclistas (marca "albañil" incluida). Dicen que la
luz y el ejercicio aumentan la serotonina; yo debo tener serotonina
hasta en los cartílagos de las orejas.
Otra cosa buena es que conoces a gente. De todo tipo y condición.
Tanto la gente que tiene el piso y te lo muestra —a veces son los
dueños, otras veces son los gerentes del edificio (una especie de
portero/encargadado/policía/ejecutivo), otras son otros vecinos a
quienes les han endilgado el trabajo, y otras veces no hay nadie,
coges la llave de debajo de la alfombrilla —te han dicho por email que
está allí— y lo ves tú solo. En general, la gente con la que me he
encontrado es maja; la mayoría quieren realmente alquilar el piso y
son amables y se les nota ilusionados —¿ansiosos?—por que alguien lo
coja. Otros creen que te hacen un favor sólo por mostrártelo, como
este tipo al que telefonee y me dijo que le llamara más tarde y que
"si estaba por el barrio" ya me lo enseñaría: este tío, seguro que no
es el propietario. O sea, que me he hecho un máster.
También aprendes, o recuerdas, que el dinero —y su expresión malsana,
la codicia— se convierten en dios, por encima de personas o
situaciones. Lo digo por por casos como el de esas personas que
quieren alquilar verdaderos antros, madrigueras de comadreja por
precios insultantes, haciendo caso omiso a cualquier sentido de la
vergüenza y de la decencia. Oferta y demanda, dicen. Si alguien paga
es porque puede. La falacia del mercado. No sólo en España hay
miserables —o descarriados— especuladores. Aunque también estoy viendo a
gente que baja sus precios o sus alquileres, y otros que piden precios
relativamente decentes
Calculo que entre una cosa y otra habré echado el ojo a más de 50
unidades. Y sigo, porque todavía no he encontrado algo que me ofrezca
la tranquilidad de saber que no me va a pasar lo mismo que cuando vine
aquí, que después de ver este sitio varias veces no caí en la cuenta —
y el "manager" no me aclaró que los colegiales no sólo están fuera
berreando —como es normal que hagan los críos, por otra parte— durante
1 hora de recreo más o menos, sino que están todo el puñetero día,
entre una cosa y otra.
Y en esas estamos. Total, que tengo que decidir si volver a quedarme
aquí al menos un mes más y pagar la renta, jugármela estos tres días
que me quedan hasta cumplir la fecha de salida que le di a mi
"manager" (6 septiembre) y arriesgarme a que lo alquile antes de que
yo encuentre nada, o lanzarme a la desesperada de aquí al viernes y
encontrar algo. No me gusta esto porque al andar de prisa puedo acabar
con una situación similar a la que estoy. Y si no me meto prisa, a lo mejor a un hotel.
Más valeriana.
En fin, nadie dijo que sería fácil. Otro día elucubraré sobre el
concepto de trabajar para poder trabajar en tener la opción de
trabajar para trabajar en lo que quiero. No es nada fácil. A lo mejor
también vosotros os sentís así. Se admiten comentarios. Igual si
compartimos experiencias, a todos se nos hace la nuestra un poco más
llevadera.
En otro orden de cosas, por lo menos el viernes se estrena el último
corto que hice en el Egyptian Theatre, un cine muy famoso de
Hollywood. Casi ni me acuerdo de que vine aquí para desarrollarme como
actor. Pues, sí. A ver si es el primero de otros muchos proyectos.
Inshalá.
Brazos abiertos.
Y en esas estamos en Santa Fe. Respirando. Pensando; sin pensar.
Escuchando al viento y observando los rayos de la tormenta sobre el
horizonte. Arbustos, árboles, galerías de arte, tierra, casas de adobe
y cielos azules preñados de oleadas de nubes que se alzan como
cañones, profundos como el del Colorado. Soplos de cambio parecen
rodearme. Por algún lado tiene que salir todo. La respuesta, en el aire.
Casi lo más bonito fue al final de todo. No habíamos comido
practicamente nada en todo el día y al acabar subimos (otra vez las
playas, las rocas, las algas con millones de moscas, la marea subiendo
y dejándonos casi sin sitio para pasar, una gran cuesta de tierra al
final) al parking. Allí hay unas mesas de merendero y nos dimos un
homenaje de comida delicioso. Antes un medio catering nos había traído
el material pero lo habían dejado allí hasta el final del rodaje del
día. Después del agua, de los golpes, del rodaje, del trasiego
durísimo, del solazo, de todo, estar allí sentados, al atardecer, con
el mar al fondo, abajo, los arbustos alrededor, el solillo bajando por
el horizonte y el cielo azul arriba, fue un regalo. Y la comida, kebab
de pollo con taboule, arroz y un pan de pita riquísimo, estuvo de
chuparse los codos.
Y así acabó el primer día de rodaje. Luego hubo otro para mi (el
domingo) y otros dos para el equipo, pero este fue el más interesante
y delicioso. Ahora hay que ver cómo queda la película. El director ha
puesto mucho de su bolsillo y de su esfuerzo y se merece que salga
bien. Está en su mano ahora con la edición, música etc. Seguiremos
hablando.
¡Ah!, se me olvidaba. Ayer noche vi la película Mamma Mía, basada en
las canciones de ABBA. Ya hay un musical, que tuve la fortuna de ver
en Nueva York con Jon y Tami y me encantó. Y la peli de ayer fue como
un chute de energía y vida. Absolutamente maravillosa. Si os gustó
ABBA, la recomiendo 100%. Desde que empezó hasta que salí del cine no
paré de reir y de emocionarme. Los 9 dólares mejos gastados —junto a
los 8 de mi superbici— en muchísimo tiempo. Una película que hace
honor al cine. Una obra de arte.
Le dio un patatús con 58 tacos. Acababa de llegar de Italia de
celebrar con su mujer e hijo la graduación universitaria de éste.
Me dio mucha pena porque me pilló de sopetón cuando me enteré. Como he dicho, era un hombre que contagiaba entusiasmo. Y eso, en esta vida,
es una joya. La gente que es capaz de transmitir pasión, entusiasmo y
envolver a los demás con un poco o un mucho de ilusión, de chispa, son
joyas. Cuando se van no sólo pierden sus familias y amigos. El mundo
entero pierde algo. Es una energía hermosa que se va. Bueno, no se va,
pero desaparece.
Y ese domingo le hicieron un homenaje algunos de sus antiguos
compañeros en el mismo estudio y a la misma hora de su programa. Fue
muy emocionante, aunque no angustioso, porque los que estaban allí
supieron manejar la emoción con clase (aunque el director, Tom Brokaw,
una institución del periodismo USA, casi se rompe en un momento dado).
El caso es que todo eso me dejó un poco tocado. Y luego la Real no
sube. Ya me lo esperaba, pero también contribuyó a la tristeza.
Además, este finde he visto varias películas españolas fantásticas.
Después del atracón emocional de "13 Rosas", el sábado noche vi
"Caótica Ana" y "Soledad". Me gustaron las dos, pero "Ana" me encantó.
Es una obra de arte en toda regla. El trabajo de María Vellés es
entrañabale y directo, y el de Medem, magistral. También me dejó tocado.
En fin. Que he andado con la sensibilidad a flor de piel. Además, por
la noche tuve función y, quizás por eso, fue la mejor que he tenido hasta ahora, no
sólo por mi, sino por el resto del elenco. Fue la primera vez que me
he "divertido" de verdad en el escenario con este trabajo. Me lo pasé pipa y me
quedé contentísimo. Vinieron a verme mis amigos Celine y Arturo, que
son una maravilla de gente. Se casan el 8 de Agosto y vamos a tener un
fiestorro monumental. Ya os iré contando.
Entremedias, ese mismo día fui con mi colega Austin a ver el partido
internacional USA-Barbados, clasificatorio para la Copa del Mundo de
2010. Fue una pachanguilla medio soporífera. 8-0 ganó USA. Pero por lo
menos vimos un partido internacional, que siempre está bien. Por
ejemplo el 8-0 es un récord para USA. O sea, que puedo decir aquello
de: "Yo estuve allí". En mi línea, vamos. (Y en señal de amor por los
colores me fui con la camiseta de la Real. En primera o en segunda,
somos de la Real hasta la muerte. ¡Qué coño!)
Luego, antes de irme al teatro nos dimos un homenaje de comida
mexicana en Ana's Kitchen, que no tiene nada ver con la caótica, pero
tienen unos burritos mojados de chuparse los nudillos. Parecía que
estábamos en Chiapas. Así es L.A.
Bueno, gente. Un beso y hasta pronto.