Cuando Jack Nicholson me miró a los ojos desde detrás de sus gafas oscuras y con voz rasposa me preguntó a ver quién era yo, simplemente le miré a los ojos y le sonreí mientras le extendía el bloc y el bolígrafo para que me firmara el autógrafo. Total, aunque se lo dijera le iba a sonar a chino. Aprovechando la coyuntura podía haberle hecho algún comentario sobre sus amados Lakers, pero no creo que le hubiese hecho demasiada gracia; a pesar de su amabilidad en aquella noche del estreno de The Bucket List, no me dio la impresión de que a Jack le guste el vacile, aunque sea de buen rollo. Mejor dejarlo corto y dulce.
Como corto y dulce puede haber sido el sueño de Phil Jackson, KB24, PauGa y los suyos. La lesión de Andrew Bynum ha dejado a la Lakers Nation temblando un año más, y quienes hace poco se las prometían muy felices, incluso postulando a Bynum como candidato al All-Star de Phoenix, ahora temen que tampoco este año levantarán el trofeo de manos de Mr. David Stern. Bill Plaschke, el experto NBA del LA Times, escribía hace unos días: "Me da pánico pensar [que la lesión de Bynum les haya costado a los Lakers el campeonato]. Si nos basamos en la historia más reciente, los Lakers no lograrán sobreponerse a esta lesión". Sinceramente, creo que no es para tanto. Bynum tienen muchas papeletas para retornar antes de los play-offs y los Lakers poseen una fortaleza mental mucho mayor que hace un año. Además, Gasol está perfectamente integrado en el club y anda que se sale; Odom tiene que ganarse un nuevo contrato; Farmar y Vujacic son un año más veteranos y Ariza está dando —y dará—muchísimo jugo. Ah, y un tal Kobe Bryant lleva grabada la palabra "Revancha" en su frente desde el 17 de junio de 2008 por la noche. Don't worry, Bill. Las palizas que les han dado a Boston y Cleveland muestran que el equipo sabe lo que se trae entre manos. Hay esperanza. Sigamos soñando.
Los que realmente necesitan esperanza de la buena son los Clippers de Dunleavy (¿por qué hablar de los Clippers, que ni pinchan ni cortan?, se preguntará alguien. Ésta es una de las obligaciones —y placeres, por qué no—derivadas de ser corresponsal en Los Ángeles). A pesar del vapuleo a los Grizzlies la semana pasada, con récord de triples, no está claro que el quinto equipo profesional angelino en orden de entusiasmo generado (Dodgers, béisbol; Kings, hockey hielo; Galaxy, fútbol) vaya a escapar de la mediocridad de aquí a fin de año. Mimbres tiene, lo que falta por ver es dirección y unidad de propósito. Es cierto que los nuevos fichajes Davis, Camby y Randolph han estado lesionados. Y ahora se han visto algunas señales de vida. Aunque la demanda de Elgin Baylor al propietario Sterling acusándolo de racismo durante sus 22 años de trabajo en el club (por qué aguantó 22 años si su jefe era un racista suscita sorpresa), promete afectar al equipo, ahora y en el futuro.
Mientras esperamos al Big One (o sea Ello, o el padre de todos los seísmos que, según dicen, algún día nos caerá a los que habitamos sobre la falla californiana de San Andrés) y el gobernador Arnaldo Schwarzenegger lucha contra el terremoto económico que asola al estado como un Terminator cualquiera, el deporte profesional sigue siendo uno de los refugios preferidos para el escapismo existencial. Gracias a Dios por el invento de la bola. Ahora llega lo mejor de la temporada: All-Star NBA en Phoenix y segunda mitad del curso regular; torneo de la NCAA y comienzo de las Grandes Ligas de béisbol.
Además, lo bueno que tiene Los Ángeles es que la realidad diaria sobrepasa con mucho a la ficción y hay material de cotilleo a tutiplén: los Dodgers le ofrecen 25 millones de dólares por un año al bateador dominicano Manny Ramírez y éste dice que no; David Beckham está (ba) dispuesto a decir adiós a los Galaxy y a renunciar a 50 millones por temporada para quedarse en Milán; Charles Barkley no sabemos si volverá a los platós de TNT, se irá de crupier a Las Vegas o empezará a preparar su candidatura a gobernador de Alabama; una mujer con seis hijos se implanta un puñado de embriones y pare otros ocho churumbeles para completar el equivalente a una plantilla de basket con entrenadores incluidos. Y Steven Spielberg es incapaz de encontrar financiación para sus películas. ¿Es que estamos locos?
Por cierto, todavía guardo la firma de Jack. Nunca me ha gustado pedir autógrafos, pero éste era especial. Después de todo estamos en Hollywood, el reino del papel couché, la dictadura de la sonrisa profidén y las cárceles doradas. Por eso, nunca está de más llevar en el bolsillo el karma de alguien que logró romper sus barrotes (mentales) y volar sobre el nido del cuco.