en el meollo es francamente divertido. Realmente nunca sabe uno dónde
puede encontrar experiencias catárticas, esas que te transforman y te
hacen ver la vida de forma absolutamente distinta. (Hay que tener
cuidado también con esto de las catarsis, no sea que le hagan a uno
ver la vida completamente diferente, pero a peor; de estas cosas nunca
hablan los entendidos, pero supongo que será posible). En fin, no sé
si es la valeriana que me he tomado o la adrenalina producto de volver
a escuchar los dulces trinos de los críos que vuelven a mi vecino
colegio, pero me he puesto a escribir para mi últimamente
abandonadillo —que no olvidado— blog. Espero que los dos o tres que lo
leeis me disculpéis y sigáis leyéndolo de vez en cuando. Gracias.
Siguiendo con lo del piso. El caso es que llevo casi un mes buscando
piso—apartamento— por todo Los Angeles. Al principio con tranquilidad,
luego con ansiedad, en algún momento con desesperación; y ahora con
simple y puro nerviosismo, por momentos salpicado de autohumor y de
cierto esfuerzo por quitarle drama al tema, o ver lo positivo a esta
situación tan tensa. Por ejemplo, el ejercicio físico: no tener coche
y ser Los Angeles un pequeño océano de cemento, me ha permitido
recorrerme todo el norte de la ciudad en bicicleta y ponerme realmente
en forma, con mención especial a mis piernas; si en algún momento he
visto con preocupación la incipiente aparición de algún pliegue de
piel (acaba de sonar el timbre, campana o lo que sea el instrumento
enojoso ese que emplean para dar la entrada a la escuela: son las 7:57
am)...(otra vez: para que os hagáis una idea, la campana es como un
despertador de aquellos antiguos, con las dos bolas arriba y el
martillete golpeándolas compulsivamente, pero 50 veces más grande,
claro). Bueno, sigo. Decía que los plieguecillos de piel que me habían
empezado a salir en las piernas —la edad no perdona— se han ido. Puro acero.
Fuera pellejo. Hay que anotar que todo el norte de LA está construido sobre colinas ondulantes, y hay unas subidas y bajadas hermosísimas, como unos picos y valles semipirenáicos.
O sea, que un beneficio de buscar piso por aquí es la forma física.
Otro es el moreno. A pesar de que me tengo que poner protector solar
(SPF 30-45) todos los días sólo para salir a la calle, el astro rey no
deja de hacer su trabajo y luzco un tono epidérmico similar a los de
nuestros queridos ciclistas (marca "albañil" incluida). Dicen que la
luz y el ejercicio aumentan la serotonina; yo debo tener serotonina
hasta en los cartílagos de las orejas.
Otra cosa buena es que conoces a gente. De todo tipo y condición.
Tanto la gente que tiene el piso y te lo muestra —a veces son los
dueños, otras veces son los gerentes del edificio (una especie de
portero/encargadado/policía/ejecutivo), otras son otros vecinos a
quienes les han endilgado el trabajo, y otras veces no hay nadie,
coges la llave de debajo de la alfombrilla —te han dicho por email que
está allí— y lo ves tú solo. En general, la gente con la que me he
encontrado es maja; la mayoría quieren realmente alquilar el piso y
son amables y se les nota ilusionados —¿ansiosos?—por que alguien lo
coja. Otros creen que te hacen un favor sólo por mostrártelo, como
este tipo al que telefonee y me dijo que le llamara más tarde y que
"si estaba por el barrio" ya me lo enseñaría: este tío, seguro que no
es el propietario. O sea, que me he hecho un máster.
También aprendes, o recuerdas, que el dinero —y su expresión malsana,
la codicia— se convierten en dios, por encima de personas o
situaciones. Lo digo por por casos como el de esas personas que
quieren alquilar verdaderos antros, madrigueras de comadreja por
precios insultantes, haciendo caso omiso a cualquier sentido de la
vergüenza y de la decencia. Oferta y demanda, dicen. Si alguien paga
es porque puede. La falacia del mercado. No sólo en España hay
miserables —o descarriados— especuladores. Aunque también estoy viendo a
gente que baja sus precios o sus alquileres, y otros que piden precios
relativamente decentes
Calculo que entre una cosa y otra habré echado el ojo a más de 50
unidades. Y sigo, porque todavía no he encontrado algo que me ofrezca
la tranquilidad de saber que no me va a pasar lo mismo que cuando vine
aquí, que después de ver este sitio varias veces no caí en la cuenta —
y el "manager" no me aclaró que los colegiales no sólo están fuera
berreando —como es normal que hagan los críos, por otra parte— durante
1 hora de recreo más o menos, sino que están todo el puñetero día,
entre una cosa y otra.
Y en esas estamos. Total, que tengo que decidir si volver a quedarme
aquí al menos un mes más y pagar la renta, jugármela estos tres días
que me quedan hasta cumplir la fecha de salida que le di a mi
"manager" (6 septiembre) y arriesgarme a que lo alquile antes de que
yo encuentre nada, o lanzarme a la desesperada de aquí al viernes y
encontrar algo. No me gusta esto porque al andar de prisa puedo acabar
con una situación similar a la que estoy. Y si no me meto prisa, a lo mejor a un hotel.
Más valeriana.
En fin, nadie dijo que sería fácil. Otro día elucubraré sobre el
concepto de trabajar para poder trabajar en tener la opción de
trabajar para trabajar en lo que quiero. No es nada fácil. A lo mejor
también vosotros os sentís así. Se admiten comentarios. Igual si
compartimos experiencias, a todos se nos hace la nuestra un poco más
llevadera.
En otro orden de cosas, por lo menos el viernes se estrena el último
corto que hice en el Egyptian Theatre, un cine muy famoso de
Hollywood. Casi ni me acuerdo de que vine aquí para desarrollarme como
actor. Pues, sí. A ver si es el primero de otros muchos proyectos.
Inshalá.
Brazos abiertos.