ocurre hasta que me veo en una azotea, vestido de negro, de noche y
rodeado de gente trabajando. Estoy en medio del "set" a cincuenta y pico metros de altura.
"El desierto es un espacio. Y los espacios se cruzan"
Poco a poco me retorna la memoria. Recuerdo a un tipo acercándose al
coche después de colgar con Christine. Y vagamente, como a trazos
nebulosos, logro atar las piezas. Cómo acompaño a este hombre de
bigote morsal —más tarde descubriré que era Trent y que en su juventud
fue luchador de lucha libre y hace películas de karate en Hong Kong
para el mercado chino—hasta los bastidores del teatro; el movimiento,
la gente trajinando, los vestuarios, el tipo de pelo blanco que hace
de policía...Veo a Rick sentado en su silla de ruedas, incapaz de
moverse por su obesidad (si subo dos escaleras me muero, me dirá
luego) pero no de dirigir el cotarro. Y entonces recuerdo lo que me
hizo perder la consciencia: el puro miedo, el canguelo, el mero pánico
como dicen los mexicas, al ver la escalera metálica de caracol por la
que tenía que subir a la terraza donde me encuentro enjaulado. Me
empiezan a sudar las manos, y el corazón bate a tres mil por hora.
¡Joder, y encima ahora tengo que volver a bajar por la jodida
escalera! El trallazo mental que me dio cuando Rick me dijo que la
escena se filmaba en la terraza me dejó la mente en blanco, sin duda
un mecanismo autodefensivo del organismo para dominar el terror de
altura. Qué hijoputa el Rick: si me llega a decir en el casting que
hay que subir cincuenta metros en vertical por una escalerilla
enclenque con una barandilla que me llega a la rodilla iba a hacer la
escena Rita la cantaora en dueto con su p...madre, pienso. Eso pienso
ahora, porque lo que pensé cuando Rick me lo dijo abajo está borrado
por los litros de adrenalina que produjeron mis hormonas para subir la
puñetera escalera sin matarme.
Pero lo peor es que ahora que estoy arriba ya no me queda
adrenalina...y todavía hay que bajar. Aunque primero hay que rodar la
secuencia, claro, maldita la gana que me queda. Es Noviembre y estamos
a 10 grados pero me siento que el cuerpo me hierve como si estuviera
en el desierto de las Bardenas en mitad de agosto. "Ready?". Oigo la
voz del tipo del pasamontañas, que según parece es mi compañero de
escena. Procuro concentrarme, quizás así se me vaya el terror de
altura. Asiento con la cabeza, aunque mi mente está en Timbuktú. El
cámara empieza a rodar, tiro de la polea y el del pasamontañas hace
que se tira de la azotea. Lo que me faltaba: que me dieran ideas.
¡Ostias, que marrón! Para que luego digan que ser actor es fácil. Me
sudan hasta las uñas, se me ha corrido el betún de la cara y creo que
me ha dado un tirón en la ingle, me duele la cabeza y me castañetean
los dientes. Parezco un catálogo oficial de efectos secundarios.
¡Corten! Se acaba el tema. Pues no. Ahora el cámara —Rick le da
instrucciones por radio: claro, el cabrón de él se ha quedado abajo en
su silla de ruedas mientras los demás nos jugamos el tipo— dice que hay que hace otra toma. Vale Jackie Chan, que tú te hagas los stunts bien, porque te pagan una
pasta, pero es que yo vengo aquí de mindundi, tronco. Nunca más, lo
juro por la gloria de mi perro Antxon, que es lo más bueno que me tocó
en vida (en la de Antxon, claro). Me muevo para un lado para que la
cámara encuadre mejor. ¿OK? Ok, ¡vamos quillo, que quiero
bajarme de aquí ya¡ pienso. "Muy bien, se acabó". Es oír eso y en un pis-pas estoy
en la trampilla listo para largarme. Oigo que alguien me dice que coja el
trípode para ayudarles a bajar las cosas. "Tengo prisa y estoy
acojonado. No me gustan las alturas" le espeto en mi mejor acento de
Brooklyn al pavo que me ha hablado, un carpintero que se está fumando un porro.
"Si quieres te bajo el martillo", le digo. Me mira con
cara rara, pero contesta que OK (OK es como "vale" en España, todo es
OK, aunque te toquen los c... OK esto, OK lo otro, ¡viva el OK! OK,
bajo el martillo. Pesa un huevo, unos tres kilos, pero me da igual. Me dará lastre para no caerme por la barandilla, pienso (las chorradas
que le pasan a uno por la cabeza a veces; en fin). Finalmente me deslizo a duras penas por
la escotilla de la terraza y me encuentro de pie sobre un suelo de rejilla
metálica construido sobre el abismo; estoy tan alto que se me desvía la mirada para
abajo y apenas distingo a Rick y al resto del personal, a unos 50 metros. (Y no distinguir a Rick tiene tela, porque pequeño no es...) Se me hiela la columna vertebral y no me meo de milgaro. No quiero mirar. No debo mirar. No miraré. Ni martillo ni leches; me van a hacer
falta las dos manos. Raudo, cruzo el suelo de rejilla pero sin correr,
no sea que se raje y me vaya ATPC. Finalmente, alcanzo la escalerilla,
enroscada y estrecha como una soga, y empiezo a bajar...(Continuará).
Ni se me ocurre bajar la ventanilla, no sea que me ahogue de calor. Me
repantigo para leer un poco el periódico mientras espero. Son las dos
menos cuarto y hemos quedado a las 2. Al parecer soy el primero en
llegar. Suena el teléfono y es Christie, que a ver qué tal estoy. Hace igual tres meses que no nos vemos y me empieza a contar su vida: que está tomando clases de programación y que no para de currar, aunque le han subido el sueldo un pastón, o sea que está
contenta. Pero si no fuera porque le dan seguro médico, que nanay, que no
se quedaba ni por el forro de un gabán de chinchilla, que lo suyo es el arte, las películas de culto y los cigarrillos con boquilla, no las computadoras. Que sí, que los cigarrillos con boquilla son una mariconada, pero que a ella le gusta ¿y qué? Todo lo dice ella, en plan metralleta, mientras yo trato de doblegar las inmensas hojas del periódico para ver la programación deportiva de mañana domingo: ¿qué partido echarán de la Premier? El Burnley-Portsmouth, vaya flojo. Bla, bla, bla...Christie dándole al monólogo. Es un encanto de mujer; alucino cómo puede respirar, porque no para de hablar ni un segundo. Qué habilidad. Si yo hablara tanto y tan rápido me quedaría morado de la falta de aire. Pero no me molesta; es casi relajante, un runrún que mezclado con la calma chicha del mediodía empieza a amodorrarme. Bla, bla, bla...que en fin, que hay que pagar facturas... Justo en ese trance me entra otra llamada, la cojo (no le digo nada a Christie, total no se va a enterar de que la he dejado en espera): es Trent, que ya viene. Vuelvo a Christie: me tengo que ir, me buscan. Ah, pues bien, me dice. ¿Quedamos para tomar algo el jueves? Guay. Ciao. Y cuelgo, no sea que se reenganche. Bajo la ventanilla porque el calor está ya adentro, como un ente maligno de Halloween que se haya metido por debajo de las puertas.
Y finalmente llega Trent y...todo se queda oscuro.
Lo siguiente que me acuerdo es que estoy en la terraza del auditorio.
Es de noche y estoy vestido de negro, con la cara pintada de betún. A
la luz de la luna, un par de tipos se afanan a martillazos con una
especie de cadalso robespiérrico, pero en lugar de guillotina hay una
polea de la que cuelga una cuerda. Junto a mi hay un hombre también de
negro con la cabeza cubierta con pasamontañas. Me hace el signo de OK
con el pulgar para arriba y supongo que sonríe porque veo sus dientes
blancos por el agujero del pasamontañas. Tengo la cabeza nublada, como
si la kalima que empieza a tapar las luces de la ciudad hubiese
entrado en mi cerebro. Hace viento y tengo el estómago revuelto. La
terraza esta alta, muy alta, y pequeña, muy pequeña. No me gusta. No
quiero mirar al horizonte porque me entra vértigo aunque no esté junto
a la baranda. Pero es que me parece que todos estamos subidos a la
baranda, o lo podíamos estar en un pis pas. ¡Qué pequeño y que alto
está esto! Poco a poco me vuelve la memoria, me centro más o menos
aunque el estómago sigue a su propio ritmo, más propio de una montaña
rusa que de un órgano supuestamente asentado del sobrevalorado
organismo humano. ¿Qué coño hago yo aquí subido, vestido de negro y la
cara embetunada, rodeado de gente dando martillazos y tipos con
pasamontañas? ¿Me habrá secuestrado algún reality?
Continuara...
Al ser sábado, el tráfico no es muy intenso y los seis carriles de la
autovía se encuentran fluidos; en poco tiempo llegaré a Torrance, una
de las localiades del extrarradio sur de Los Ángeles. La hora del
encuentro son las 2 de la tarde y, por una vez, voy sobrado de tiempo.
No sé si será el efecto osmótico de haber vivido tanto tiempo en el
país del tiempo es oro, o un aspecto oscuro de mi personalidad que
aflora preferentemente aquí. Lo cierto es que en España siento que
tengo más tiempo y me apresuro menos, mientras que en Los Ángeles me
convierto en un malabarista con siete bolas en el aire —y un par de
teas.
Pero hoy no. Hoy voy bien. He hecho un par de compras por la mañana,
he regresado a mi apartamento de Koreatown, duchita, preparar la
maleta y al coche a la 1 pm. Considerando que el ordenador me dice que
la duración estimada del viaje —si no me equivoco de autovía— es de 23
minutos, voy bien. De lujo.
Son casi la 1:30 cuando tomo la salida hacia Redondo Beach. Por el
camino he ido dejando un paisaje inexpresivo de cemento e hileras de
vallas publicitarias. Las avenidas Van Ness y Manhattan Beach tampoco
se escapan del guión angelino de almacenes, restaurantes baratos y
comercios de planta aderezados con palmeras importadas en algún
momento entre 1900 y 1950 (vamos, que no son oriundas de Los
Ángeles). Al final llego a mi destino (el conocido; el otro ya
veremos); El Camino College, en la avenida Crenshaw. Después de dar
una vuelta por una calle que circumvala el campus de este centro de
enseñanza superior descubro el supuesto punto de encuentro: el parking
del auditorio. El calor azota de plano; si estaciono al sol y me quedo
en el coche (no hay ningún sitio donde ir) me puede dar un síncope. La
policía del campus patrulla; al cruzarse conmigo, dos gendarmes me
saludan desde detrás de sus gafas de sol; por el color de sus pieles
son hispanos. Son las 2 menos cuarto cuando encuentro un espacio a la
sombra de una de las palmeras inmigradas. Es el único punto de sombra
del parking. Al ser sábado, y mediodía, no hay nadie. Menos mal.
(Continuará).
Como en casa menos en el plano logístico, porque allí, al estar en
casa de mis padres, todo lo doméstico lo tengo hecho, pero aquí ha
sido llegar y tener diez mil fuegos que apagar —o que encender—. Por
ejemplo, no tenía gas, por lo que la compañía local ha tardado una
semana en darme servicio. Resultado: una semana sin agua caliente,
cocina ni calefacción. Además me andan cambiando la instalación
eléctrica, o sea que sin luz en la habitación. La puerta del garage
está cascada y los asientos del coche se despedazan. La radio funciona
sólo cuando está caliente —a su capricho, por supuesto. Y el
retrovisor de un lado brilla por su ausencia. Pero bien, el motor
funciona de maravilla (cruzo los dedos). Sumando pequeños problemas
técnicos, los mensajes de texto de mi móvil no les llegan a mis amigos
y los de ellos tampoco me llegan a mi. Afortunadamente tengo Internet —
menos ETB, cuya retransmisión no se ve, a pesar de que se lo he dicho
repetidas veces—.
En fin, todo esto en plan chascarrillo de buen humor. Ya empieza a
salir el sol y hace un atardecer precioso. Me voy a ver la película
"Nashville" de Robert Altman. Mañana Reservoir Dogs de Tarantinovitch.
Y hace un par de semanas se estrenó en el Sci-Fi Channel la peli Open
Graves, con mi debut televisivo en un canal nacional estadounidense.
Papel pequeño pero profundo. La paradoja es que la peli se rodó en
Bizkaia.
Bueno banda (a ver si os animais alguno a dejar un comentario, para
que sepa que no escribo al vacío). Agur.
El aterrizaje, después de un viaje largo, largo, largo, está siendo
bastante bueno. De momento me lo tomo con calma porque el "choque
cultural" sigue siendo importante. Comer y dormir, aspectos
fundamentales de la recuperación. Aunque ayer domingo ya me di un
voltio por Chinatown. Entré en un templo budista muy chulo (parecía
una frutería de tanta fruta fresca que había en ofrenda) y me dieron
de comer gratis. Efectivamente, todos los domingos y fiestas de
guardar dan de comer gratuitamente a cualquiera que se acerque. Yo lo
hice por curiosidad, porque no es habitual ver una mesa alargada tipo
sociedad con gente comiendo en mitad de un templo, por muy budista o
muy en Los Ángeles que esté. Cuando pregunté a las mujeres que estaban
sirviendo (unas mamás chinas) me dijeron que si quería comer y, claro,
puestos a ello no me pude negar. Desde luego no era el Subijana chino,
pero entró bien el papeíllo. Bonita experiencia.
Y hoy me he entrevistado con un manager que me ha prometido que me va
ayudar en mi carrera. Como no cobra, salvo comisión por los curros que
me consiga, no hay nada que perder así que le he dicho que p'alante.
Me ha parecido un tío con bastantes ganas de funcionar bien; puede que
sea puro espeech. Pero si el no se lo curra no gana, así que una
cierta garantía de que va a esforzarse si hay. Veremos.
Tenía un rodaje para este sábado pero se ha pospuesto hasta el
siguiente —creo, porque el que llega el calendario o fuma mucho porro,
o tiene principio de Alzheimer de lo despistado que anda. Veremos
también si al final es el sábado u otro día.
Y poco más. Una cosa buena es que el coche me arrancó a la primera,
que no es poco. Ahora habrá que lavarlo, que el pobre parece un
sintecho sobre ruedas de tanto polvo que se ha acumulado sobre el capó
y bajo el capó.
Laster arte.
Y ayer vimos a un par de grupos majos, uno de Marsella y otro de
cubanos que tocaron una fusión muy guapa en los conciertos gratuitos
del California Plaza, en el centro de LA. Ahí va una foto del menda en
el descanso.
Hoy he hecho un casting para una peli. Me ha salido guapo y les he
gustado mucho. El tema es que como voy a estar ausente un mes entero
igual no les vale. O si; veremos. Por otro lado me han ofrecido un papel para otro
largometraje. Un papel pequeño pero sabroso. Nostamal.
Día especial. Noche especial. Es también la noche del solsticio de
verano (día arriba, día abajo, que tampoco soy astrónomo), y siempre
ha sido momento de hacer recuento, de hablar con el universo, dejar
marchar y dar la bienvenida. Hoguerilla en el patio, botella de Veuve
de Cliquot, pan con abundante miga blanda, queso cremoso, aceitunas,
humus, galletitas, un par de vasos, un amigo, conversación...Prendemos
el fuego, lanzamos la hoja con nuestros deseos, brindamos, bebemos.
Bonita noche. No la cambio por casi nada.
En otro orden, seguimos con los ensayos de Myjovy. Mola mazo, como
dicen en los madriles. DSDP (dicho sea de paso), el otro día estuve
con Javier Fesser (Mortadelo, Camino) y Alex de la Iglesia (El día de
la bestia, Perdita Durango, etc) en el festival de cine español.
Buenas pelis he visto, aunque hubo otra que fue un coñazo enorme, como
su presupuesto. Cielos cómo se gastan algunos los millones.
Y lo del puñado de dólares, pues nada especial. Me ha venido a la
cabeza. Clint Eastwood. Hollywood, la búsqueda de El Dorado y cómo
para muchos todo se queda en chapado en oro.
Últimamente me toca reflexionar sobre el papel del dinero en las
relaciones, la superficialidad de las mismas, y el aislamiento tan
enorme en que vive la inmensa mayoría de las personas aquí (me temo
que es una enfermedad epidémica que llega al resto del mundo
occidental). Porque aislamiento no es sólo estar solo, "aislado".
Tiene que ver con una filosofía, consciente o inconsciente que nos
impregna. Es la filosofía dominante la del individualismo y la
individualidad. Eso, que históricamente tiene un componente muy
potente y liberador respecto a instituciones que en el pasado (y
todavía ahora en muchos casos) han canalizado mecanismos de
socialización restrictivos y opresores (Iglesias, familia) tiene, por
otro lado, un elemento pernicioso en cuanto que el individuo se ve,
voluntaria o involuntariamente, desvinculado del entorno social para
contribuir activamente a su felicidad y realización. Un ejemplo:
mientras que en otras culturas el tratamiento y la curación de las
enfermedades mentales se ven activados con la participación y el apoyo
de un entorno comunitario (amigos, barrio, familia —aquí la
institución funcionaría de forma positiva—), en la sociedad
occidental, y en EEUU como su ejemplo primario, al enfermo mental no
se le ve en un contexto social, sino como producto y resultado de sus
propios condicionantes, tanto biológicos como biográficos. La
solución, la curación (si es que se busca, ya que muchas veces sólo se
trata de paliar síntomas) pasa por la medicación, el internamiento, el
trabajo personal. Pero la participación comunitaria no forma parte del
eje de apoyo al paciente. Las tasas de enfermedades mentales son mucho
mayores en los países occidentales que en los económicamente menos
ricos. Y las curaciones son menores en aquellos que en estos.
Lo penoso en este caso, como en muchos otros, es que en los países
europeos estamos recorriendo el mismo camino que ha recorrido este
país cuando aquí ya están de vuelta. Están comenzando a explorar
perspectivas que nosotros allí teníamos hace cuarenta años y que hemos
trocado por la "modernidad" que venía de USA. Ellos vuelven y nosotros
vamos...para tener que volver atrás dentro de diez años otra vez. Otro
ejemplo: alguno se acordará de cuando las botellas de leche y de coca-
cola de vidrio se retornaban a la tienda a cambio de 10 céntimos o dos
reales o lo que fuera. Estábamos reciclando sin saber que lo hacíamos.
Luego llegó el plástico en todo y ahora nos cuesta Dios y ayuda
"reciclar" el vidrio: el plástico sigue siendo rey. Al final
volveremos al vidrio y a reciclarlo, pero habremos generado en el
camino trillones de basura plástica para tener que desandar un camino
que ya conocíamos.
En fin. Reflexiones de viernes noche.
Pues nada, el miércoles rodé un spot de Little Caesars Pizza, lo que
hace el tercer spot desde Octubre, creo. No está mal. Nos tuvimos que
vestir de reporteros años 50, con traje de franela, chaleco, sombreo
de ala ancha, en fin, tipo Humphrey Bogart. Yo estaba que no me
reconocía de majo. Me gusté mogollón. Pozí. Me tocaba hacer de locutor
de radio dando noticias urgentísimas delante de un magnífico micrófono
de época. Moló y encima practiqué mi habla hiper rápida. Por lo demás,
este domingo tengo un cortillo estudiantil muy majete. Voy de prota, y
es una historia muy bonita. Luego tengo varias otras cosas en el
candelero pero no digo más para no gafar. Si salen ya contaré (a mi
mismo igual porque no sé si lo leerá nadie. Joder, me río solo
pensando en esto).
Hablando de reporteros, estas dos semanas he cubierto tres partidos de
la NBA para Eurosport. Ha sido una experiencia bonita, aunque bastante
cansada también. He tenido la curiosidad de hablar con gente como
Kareem Abdul Jabbar, Phil Jackson, Steve Nash, Kobe Bryant, los
Gasoles, Ray Allen, Craig Sager (super reportero de la TNT, muy famoso
aquí), etc. En fin. Afortunadamente yo ya tenía experiencia con gente
famosa, incluso trabajando —o jugando—con ellos y lo tomo con bastante
normalidad, pero la verdad es que un poco impone. Sobre todo porque
entras en el vestuario y es como invadir su espacio, su intimidad, y
corta un poco. También, por supuesto, por su altura. Porque tratar de
hablar con Shaquille O'Neal es como hablar con la Muralla China: sabes
que está ahí porque ves una masa enorme ante ti y sobre ti, pero e
dolor de la tortículis por mirar para arriba dificulta bastante la
conversación. Y es complicado hablar con un ombligo. Veremos si
hacemos más. Ya os contaré.
Aquí la crisis también es de poner los pelos de punta. Es bastante
flipante. Pero hay que mantener el tono positivo. Respiramos, luego
podemos vivir.
Abrazaos desde LA.
Es impresionante estar en aquellos corredores, aquellas celdas donde
viviero criminales tan famosos como Al Capone (y más impresionante
pensar en todos esos nombres anónimos que pasaron por esa trituradora
de almas). Arribando en el ferry he intentado imaginar lo que podía
sentir el preso que llegaba a la isla con una condena de años ante sí.
Las posibilidades de escapar eran nulas; ni siquiera le quedaba la
fantasía de hacerlo —aunque lograse salir de los muros tenía luego un
foso de más de dos kilómetros de aguas heladas hasta la costa más
cercana—. A pesar de todo, tres presos escaparon en 1962 en una fuga
increible. Nunca se supo más de ellos; probablemente murieron ahogados.
Impresionante estar en el comedor, o ver las diminutas celdas. Los
corredores. La celdas de castigo. Y las incongruencias de los sistemas
legales. Cualquier disidencia se pagaba caramente en la isla. Pero
entre las reglas del manual penitenciario había una que establecía que
los presos podían coger toda la comida que quisieran, y debían comer toda la
que cogieran. Los presos comían lo mismo que los carceleros, y la
prisión tenía fama de tener muy buena comida. Tenían hasta radio en
las celdas, con auriculares privados. Pero eso era el único "lujo".
Las dimensiones eran de 3x1,5x2,13. Un camastro, un retrete, un
fregaderín y una sillita y mesita de hierro adosadas a la pared. De
temblar. El penal funcionó desde 1934 hasta 1963. Desde mediados del
siglo XIX hasta 1933 fue una guarnición militar. Y antes que eso hubo
un fuerte español, ya que San Francisco delimitaba el punto más
norteño del imperio español hasta la independencia de México en 1822.
Bonito día hoy en SanFran. Está claro que estoy en forma, porque he
subido y bajado cuestas a tutiplén (he caminado desde el apartamento
hasta el ferry, casi dos horas de caminata cuesta arriba, cuesta
abajo). Buena sudada. La vuelta en tranvía de cable traido desde Milán.
Efectivamente, parte de la flotilla de tranvías está importada de
Italia, tranvías usados con las señales e incluso publicidades
italianas. Curioso. Mola San Francisco.
To be continued.
Como corto y dulce puede haber sido el sueño de Phil Jackson, KB24, PauGa y los suyos. La lesión de Andrew Bynum ha dejado a la Lakers Nation temblando un año más, y quienes hace poco se las prometían muy felices, incluso postulando a Bynum como candidato al All-Star de Phoenix, ahora temen que tampoco este año levantarán el trofeo de manos de Mr. David Stern. Bill Plaschke, el experto NBA del LA Times, escribía hace unos días: "Me da pánico pensar [que la lesión de Bynum les haya costado a los Lakers el campeonato]. Si nos basamos en la historia más reciente, los Lakers no lograrán sobreponerse a esta lesión". Sinceramente, creo que no es para tanto. Bynum tienen muchas papeletas para retornar antes de los play-offs y los Lakers poseen una fortaleza mental mucho mayor que hace un año. Además, Gasol está perfectamente integrado en el club y anda que se sale; Odom tiene que ganarse un nuevo contrato; Farmar y Vujacic son un año más veteranos y Ariza está dando —y dará—muchísimo jugo. Ah, y un tal Kobe Bryant lleva grabada la palabra "Revancha" en su frente desde el 17 de junio de 2008 por la noche. Don't worry, Bill. Las palizas que les han dado a Boston y Cleveland muestran que el equipo sabe lo que se trae entre manos. Hay esperanza. Sigamos soñando.
Los que realmente necesitan esperanza de la buena son los Clippers de Dunleavy (¿por qué hablar de los Clippers, que ni pinchan ni cortan?, se preguntará alguien. Ésta es una de las obligaciones —y placeres, por qué no—derivadas de ser corresponsal en Los Ángeles). A pesar del vapuleo a los Grizzlies la semana pasada, con récord de triples, no está claro que el quinto equipo profesional angelino en orden de entusiasmo generado (Dodgers, béisbol; Kings, hockey hielo; Galaxy, fútbol) vaya a escapar de la mediocridad de aquí a fin de año. Mimbres tiene, lo que falta por ver es dirección y unidad de propósito. Es cierto que los nuevos fichajes Davis, Camby y Randolph han estado lesionados. Y ahora se han visto algunas señales de vida. Aunque la demanda de Elgin Baylor al propietario Sterling acusándolo de racismo durante sus 22 años de trabajo en el club (por qué aguantó 22 años si su jefe era un racista suscita sorpresa), promete afectar al equipo, ahora y en el futuro.
Mientras esperamos al Big One (o sea Ello, o el padre de todos los seísmos que, según dicen, algún día nos caerá a los que habitamos sobre la falla californiana de San Andrés) y el gobernador Arnaldo Schwarzenegger lucha contra el terremoto económico que asola al estado como un Terminator cualquiera, el deporte profesional sigue siendo uno de los refugios preferidos para el escapismo existencial. Gracias a Dios por el invento de la bola. Ahora llega lo mejor de la temporada: All-Star NBA en Phoenix y segunda mitad del curso regular; torneo de la NCAA y comienzo de las Grandes Ligas de béisbol.
Además, lo bueno que tiene Los Ángeles es que la realidad diaria sobrepasa con mucho a la ficción y hay material de cotilleo a tutiplén: los Dodgers le ofrecen 25 millones de dólares por un año al bateador dominicano Manny Ramírez y éste dice que no; David Beckham está (ba) dispuesto a decir adiós a los Galaxy y a renunciar a 50 millones por temporada para quedarse en Milán; Charles Barkley no sabemos si volverá a los platós de TNT, se irá de crupier a Las Vegas o empezará a preparar su candidatura a gobernador de Alabama; una mujer con seis hijos se implanta un puñado de embriones y pare otros ocho churumbeles para completar el equivalente a una plantilla de basket con entrenadores incluidos. Y Steven Spielberg es incapaz de encontrar financiación para sus películas. ¿Es que estamos locos?
Por cierto, todavía guardo la firma de Jack. Nunca me ha gustado pedir autógrafos, pero éste era especial. Después de todo estamos en Hollywood, el reino del papel couché, la dictadura de la sonrisa profidén y las cárceles doradas. Por eso, nunca está de más llevar en el bolsillo el karma de alguien que logró romper sus barrotes (mentales) y volar sobre el nido del cuco.
El caso es que creo que voy a empezar una serie de curiosidades. Por
ejemplo:
. La azafata del avión LA-SF llevaba pantalón corto y calcetines con
ligas.
. En la parada de la lanzadera Metro-Aeropuerto había un japonés
fumando. Y en vez de echar la ceniza al suelo tenía una cajita tipo
mechero donde la iba depositando.
. En el aeropuerto me he topado con una mujer china que me ha seguido
prácticamente hasta que me ido. Y le he debido caer bien porque quería
que me casara con ella. (Si le he entendido bien del todo porque
parecíamos Toro Sentado y Caballo Loco hablando).
. ¿Aguien ha notado que cada vez colocan los urinarios públicos más
arriba? Antes meaba para abajo y ahora casi tengo que hacer una
elipsis como cuando Epi encendió el pebetero olímpico en Barcelona 92
con la flecha aquella.
. ¿Por qué no ponen más abajo los secadores de papel de los váteres
públicos? Siempre hay que levantar las manos mientras el agua se
escurre hacia los brazos. ¿Tanto cuesta colocarlos a nivel de la
cintura, por ejemplo? ¿Quién piensa estas cosas?
. Pensándolo bien, a lo mejor están al nivel de la cintura. De un tío
de 2 metros, claro, lo cual concordaría con que los urinarios se me
queden altos también. O la estatuta media del mundo ha subido 15 cms
en los últimos 10 años o los diseñadores de estas cosas son jugadores
retirados de la NBA. Digo yo.
. ¿Alguien sabe por qué las cabinas de Telfónica están siempre al
bordecín de la acera, al lado de la carretera en vez de más al
interior? ¿Y además, siempre en la esquina con más tráfico de la zona?
Ya puede haber dos aceras, una más tranquila y otra más ruidosa que la
cabineta estará siempre en la ruidosa ¿Es otra táctica de los
telefónicos para joder al cliente o está pensado así para que no
oigamos nada y sigamos metiendo monedas hasta que nos entre tanta mala
ostia que rompamos el auricular contra la máquina? Lo dicho, ¿quién
piensa estas cosas?
. Vivo en el barrio de Los Feliz. Aparte de la incongruencia artículo-
adjetivo, si venís por aquí nunca digais Los Feliz como suena. No os
entendería nadie. Aquí se pronuncia. Lahs Filas. Tomad nota. A mi me
costó saber qué coño decían.
Hollywood Boulevard y el paseo de las estrellas está considerado como
una zona cutre y medio putiférica de la ciudad. Claro que muchos de
los que lo consideran así son los que viven aislados de la ciudad en
esos barrios residenciales abotargados y desprovistos de alma.
. Dicho esto, estoy de acuerdo en que Hollywood Blvd tampoco es la
alegría (urbanística) de la huerta. Pero esto es Hollywood. Para ver
algo de contenido social, verdaderamente coherente y estéticamente
impactante hay que ir a ver alguna peli.
. Siempre que no sean "Saw" ni "Los Piratas del Caribe", claro.
. El domingo que viene dan los Oscar y no me han invitado. No lo
comprendo.
. Casi siempre, cuando le hablo en español a una persona mexicana me
responden en inglés. Muchas veces hasta dos y tres veces. O A) hablo
español fatal o B) en México hay muchos sordos.
. Descartad la opción B) de arriba. Y añadir la opción C) hablo inglés
fatal. Le acabo de decir algo a una usamericana sentada al lado mío en
el cafeto y tampoco me ha entendido. Y por tres veces me ha
respondido; Ein? Ein? Ein? (En inglés, pero eso ¿Ein?). Esto es
California, amigos.
. Continuará...
Me ha venido esto a la cabeza hoy reflexionando sobre mi aventura
angelina. En este año y poco que llevo aquí la experiencia se parece
más a una montaña rusa que a la Ruta 66 de la películas; más una
travesía del desierto que un paseo por la playa; más una triatlón de
montaña que al Camino de Santiago. No es que yo esté a punto de
eliminar a ningún equipo de élite ni haya llegado al umbral de la
sorpresa mundial. Pero sí percibo esa sensación de superación de
obstáculos y la aparición de nuevos. Todos los días un reto, por lo
menos, como los plátanos de Canarias. Y muchas veces suena en el
cerebro la voz de la renuncia, la que dice que no merece la pena y que
es mejor parar, volver, irse. ¿A dónde? No lo sabe, pero parar. Luego
surge otra voz, un eco: "Maintain, you gotta maintain". El éxito no
está asgurado, pero si hemos llegado hasta aquí, vamos a apurar un
poco más el esfuerzo. Vamos a mantener un poco más. A ver hasta dónde.
No conocemos nuestros límites. Un poco más. Maintain. Maintain.
Mutombo y los suyos eliminaron a Seattle en un partido memorable que
acabó con Dik tumbado en el suelo, llorando con un balón entre las
manos. Posteriormente los Nuggets estuvieron a punto de eliminar a Utah
Jazz, a quienes llevaron al límite de 7 partidos en una eliminatoria
memorable que me dejó recueros increíbles. Nuggets no ganó el título,
pero llegó a lo máximo de su capacidad e incluso la superó. Al fin y al cabo, eso es el
éxito. Mantengamos. Un poco más.
El libro tiene muchas otras cosas hermosas que me encandilaron, como
la historia de amor entre Cortés y Malinalli o Malinche, la intérprete-
amante. No sé hasta que punto lo que cuenta está documentado
fehacientemente (¡toma notario!) y hasta qué punto llega la
imaginación creativa de Passuth. Pero me gustó.
No es que esto tenga nada que ver con Los Ángeles en este día 13 de
febrero del año 2009, a las 2:55 de la tarde, hora local, y en pleno
uso de mis facultades mentales. Salvo el relativamente peculiar hecho
de que esté lloviendo a mares. Y cuando he mirado por la ventana del
balcón a mi pobre limonero deshojado en su batalla contra el agua, me
ha venido a la cabeza el querido tomo de mi niñez.
Doy fe.
Los Angeles, 13 de febrero de 2009.
14:58. Hora local.
Firmado,
El supraescrito.
Y el silencio importa tanto como la palabra. Sin embargo, qué poco y
qué mal lo utilizamos. Cuando tenemos que callar, hablamos, gritamos,
mentimos, insultamos o nos excusamos. Cuando tenemos que decir algo,
comunicar, compartir, expresar, animar, apreciar, reconocer, callamos.
¿Por qué tal desajuste? Somos como imanes de polos iguales que nunca
llegan a unirse. Muchas personas nunca acaban de encontrar ese
equilibrio, esa paz que permite decir lo verdadero y callar lo falso.
O revelar lo falso y callar lo verdadero. Conflicto. Será éste el sino
humano. La búsqueda de la imperfección consciente y la aceptación del
cuadrado de cinco lados. Mirada al espejo. Con esto ya habremos dado un paso existencial hacia la felicidad. Luego queda el viaje exterior, con velas desplegadas, corazón en la mano y programa de 12 pasos. Pero esto ya es más difícil.
Qué valioso es el silencio empleado en su punto, como el aderezo de sal
a una comida. Qué corrosivo es cuando no se sabe manejar. Por ignorancia o por incompetencia. Peor aún, por arrogancia. Igual que las palabras. Qué instrumentos tan sencillos, tan hermosos. Qué regalos. Y tan torpemente manejados. ¿Quién dijo que el ser humano es inteligente? Me pido una dosis de humildad para compartir.
No me queda cerca de casa y voy ne mi superbici de $8; tengo que bajar
por Santa Monica, casi hasta Melrose y luego girar a la izquierda por
Marathon y subir una pendiente de un 13% de desnivel. Normalmente hay
chavales filipinos y latinos jugando. El nivel no es demasiado alto,
afortunadamente para mi, pero sí lo suficiente para echar unos
partidos disputados y bastante decentes de calida. A pesar del
pinchazo en la espalda y el tirón que arrastro en el gemelo hoy he
vuelto a sentir sensaciones como las que tenía en Brooklyn, metiendo
mis tiritos "catch and shoot" desde la esquina, reboteando y
batiéndome el cobre. Lo mejor es que he empezado esta rutina de basket
casi todos los días, y me noto mucho mejor física y moralmente. Vamos
bien.
Ando con el blog un poco desdibujado. Tras el empuje del comienzo del año llevo un par de semanas con la cabeza en preocupaciones relativamente poco productivas, pero reales. Muchas veces he oido, y he dicho, la frase esa de que de todo se aprende y que no hay experiencia de la que no se pueda aprender algo positivo. Lo sigo creyendo, pero no es óbice para que uno se harte de tanto aprender y de tan poco vivir la experiencia. Serán fases, pero... Y como no tengo ganas de seguir por vertientes menos alegres, pero me apetece comunicar algo —y recordar tiempo mejores, que los hubo y los habrá, garantizado— ahí va un extracto de una poesía-reflexión que se me ocurrió en NY.
ES LA VIDA SIN MÁS
Me vienen a la mente esas gentes que utilizan la guerra,
la sangre inocente,
como instrumento estético para justificar sus vidas,
para amparar su pobreza.
Porque la vida, en todo su misterio, no deja de ser bella.
Es una enorme y fantástica obra de arte.
No pasan mas catástrofes ahora que hace 100 años;
simplemente, hay televisión
¿Quién fue el imbécil que inventó el asesinato político?
Me gustan las quimeras. Sí. Adoro la palabra.
Me hace sentir el susurro de unos labios dulces y sensuales
al pronunciar
lentamente
Qui…me…ra…
El amor y el arte nacen del seno de las quimeras.
También pueden nacer de un helado de fresa
del sudor de un parto,
de una ola,
de un funeral,
de un paseo por Coney Island al atardecer.
¿Y qué me importa si no hablas mi lengua, cuando hablas mi idioma?
Veo hombres con bebés caminando por 7th Avenue, Brooklyn.
Algunos son amigos, otros no. Es lo normal.
El sol sale y se pone.
En primavera brotan las flores y
en verano nos creemos inmortales.
Es la vida, sin más.
Estoy ya enfilado para irme a otra casa, una casa de verdad. Comparto
con otras dos personas. Cambio fuerte de donde estoy ahora pero espero
que sea para bien y pueda encontrar la tranquilidad que me ha faltado
aquí. La casa tiene un jardincillo y un patio muy majos. Es bastante
grande, tenemos piano y todo. No es superlujo pero puede estar bien.
Crucemos los dedos.
Para hacerse una idea de lo malos que fueron la primera parte los
Netskis: abajo de 17, quedan 4 segundos y tienen la posesión. Sacan de
banda, se la roban, el de Atlanta lanza el balón desde su campo y mete
un triple. Fin del primer tiempo y abajo de 20. Precioso. Hasta el
Fuenlabarada les gana a los Nets esa primera parte. Y el Ricoh Manresa así,
así. El Bruesa no problem. Y el Tau les mete 25 de diferencia. Fijo.
Malos, pero malos. El caso es que la chavalada se despertó en la segunda parte. El coach expulsado, Frank, debió de leerles alguna cartilla porque empezaron "en fuego" y acabaron remontando los 20 de ventaja hasta forzar la prórroga. La segunda parte sí fue de nivel NBA, con canastas y jugadas brillantes, tanto en ataque como en defensa. Pero el virus del calcetín sudado sigue vivo en el club de los Nets y, por mucho que lo intenten, la inercia perdedora es muy fuerte. Por eso su base Devin Harris se empeñó en regalar el balón a Atlanta, echar ladrillos de kilo y medio, botar la bola en su pie para que cayera fuera de banda, hacer bandejas de lado a lado del tablero (o sea, sin oler el aro), etc. Afortunadamente, la única estrella que tienen los Nets, Vince Carter, estuvo al nivel exigible al final y después de otra cagada al hacer un saque de banda a falta de 5 segundos en la prórroga y casi perder el balón, lanzó un mortero desde 10 metros sobre la bocina y la coló. Victoria Nets. Un final muy eNeBAero, que se agradece. Al final se nos quedó un poco cara de tontos porque después de todos los esfuerzos que hicieron para perder, acabaron metiendo un supertriple para la victoria. Alegría como rara. Pero bueno, ganaron y siguen ahí, dando guerra hasta que se desfonden del todo (o fichen a algún pivot o base decente y sean un equipo de verdad). En cómputo general muy bien porque, además, me lo estoy pasando de cine con esta familia amiga, que son una gozada. Eso sí, comiendo como un ceporro. En LA empezará a cuidarme. Ejem.