Sunday, November 8, 2009

CRÓNICAS ANGELINAS DE FICCIÓN (3)

Resumen de lo publicado: He viajado hasta Torrance en mi carro con un
calor achicharrante. Mientras espero en el parking y después de hablar
con Christine llega Trent, tras lo cual pierdo la noción de lo que
ocurre hasta que me veo en una azotea, vestido de negro, de noche y
rodeado de gente trabajando.

Poco a poco me retorna la memoria. Recuerdo a un tipo acercándose al
coche después de colgar con Christine. Y vagamente, como a trazos
nebulosos, logro atar las piezas. Cómo acompaño a este hombre de
bigote morsal —más tarde descubriré que era Trent y que en su juventud
fue luchador de lucha libre y hace películas de karate en Hong Kong
para el mercado chino—hasta los bastidores del teatro; el movimiento,
la gente trajinando, los vestuarios, el tipo de pelo blanco que hace
de policía...Veo a Rick sentado en su silla de ruedas, incapaz de
moverse por su obesidad (si subo dos escaleras me muero, me dirá
luego) pero no de dirigir el cotarro. Y entonces recuerdo lo que me
hizo perder la consciencia: el puro miedo, el canguelo, el mero pánico
como dicen los mexicas, al ver la escalera metálica de caracol por la
que tenía que subir a la terraza donde me encuentro enjaulado. Me
empiezan a sudar las manos, y el corazón bate a tres mil por hora.
¡Joder, y encima ahora tengo que volver a bajar por la jodida
escalera! El trallazo mental que me dio cuando Rick me dijo que la
escena se filmaba en la terraza me dejó la mente en blanco, sin duda
un mecanismo autodefensivo del organismo para dominar el terror de
altura. Qué hijoputa el Rick: si me llega a decir en el casting que
hay que subir cincuenta metros en vertical por una escalerilla
enclenque con una barandilla que me llega a la rodilla iba a hacer la
escena Rita la cantaora en dueto con su p...madre, pienso. Eso pienso
ahora, porque lo que pensé cuando Rick me lo dijo abajo está borrado
por los litros de adrenalina que produjeron mis hormonas para subir la
puñetera escalera sin matarme.

Pero lo peor es que ahora que estoy arriba ya no me queda
adrenalina...y todavía hay que bajar. Aunque primero hay que rodar la
secuencia, claro, maldita la gana que me queda. Es Noviembre y estamos
a 10 grados pero me siento que el cuerpo me hierve como si estuviera
en el desierto de las Bardenas en mitad de agosto. "Ready?". Oigo la
voz del tipo del pasamontañas, que según parece es mi compañero de
escena. Procuro concentrarme, quizás así se me vaya el terror de
altura. Asiento con la cabeza, aunque mi mente está en Timbuktú. El
cámara empieza a rodar, tiro de la polea y el del pasamontañas hace
que se tira de la azotea. Lo que me faltaba: que me dieran ideas.
¡Ostias, que marrón! Para que luego digan que ser actor es fácil. Me
sudan hasta las uñas, se me ha corrido el betún de la cara y creo que
me ha dado un tirón en la ingle, me duele la cabeza y me castañetean
los dientes. Parezco un catálogo oficial de efectos secundarios.
¡Corten! Se acaba el tema. Pues no. Ahora el cámara —Rick le da
instrucciones por radio: claro, el cabrón de él se ha quedado abajo en
su silla de ruedas mientras los demás nos jugamos el tipo— dice que hay que hace otra toma. Vale Jackie Chan, que tú te hagas los stunts bien, porque te pagan una
pasta, pero es que yo vengo aquí de mindundi, tronco. Nunca más, lo
juro por la gloria de mi perro Antxon, que es lo más bueno que me tocó
en vida (en la de Antxon, claro). Me muevo para un lado para que la
cámara encuadre mejor. ¿OK? Ok, ¡vamos quillo, que quiero
bajarme de aquí ya¡ pienso. "Muy bien, se acabó". Es oír eso y en un pis-pas estoy 
en la trampilla listo para largarme. Oigo que alguien me dice que coja el
trípode para ayudarles a bajar las cosas. "Tengo prisa y estoy
acojonado. No me gustan las alturas" le espeto en mi mejor acento de
Brooklyn al pavo que me ha hablado, un carpintero que se está fumando un porro.
"Si quieres te bajo el martillo", le digo. Me mira con
cara rara, pero contesta que OK (OK es como "vale" en España, todo es
OK, aunque te toquen los c... OK esto, OK lo otro, ¡viva el OK! OK,
bajo el martillo. Pesa un huevo, unos tres kilos, pero me da igual. Me dará lastre para no caerme por la barandilla, pienso (las chorradas
que le pasan a uno por la cabeza a veces; en fin). Finalmente me deslizo a duras penas por
la escotilla de la terraza y me encuentro de pie sobre un suelo de rejilla
metálica construido sobre el abismo; estoy tan alto que se me desvía la mirada para
abajo y apenas distingo a Rick y al resto del personal, a unos 50 metros. (Y no distinguir a Rick tiene tela, porque pequeño no es...) Se me hiela la columna vertebral y no me meo de milgaro. No quiero mirar. No debo mirar. No miraré. Ni martillo ni leches; me van a hacer
falta las dos manos. Raudo, cruzo el suelo de rejilla pero sin correr,
no sea que se raje y me vaya ATPC. Finalmente, alcanzo la escalerilla,
enroscada y estrecha como una soga, y empiezo a bajar...(Continuará).