limbo en el que los eventos se fagocitan unos a otros dejando a su paso un reguero de
pura nada. Me refiero fundamentalmente a esos países destrozados
de Africa o Asia que todos tenemos en la mente, o que recordamos apenas
abrimos el periódico.
Pero nosotros que vivimos en la vertiginosa montaña rusa del mundo
industrializado, contamos la historia por guerras, dictaduras y crisis económicas. Aunque también dentro de estas categorías hay grados. Nuestros bisabuelos y abuelos hablaban de la Gran Guerra para referirse a la Primera Guerra Mundial. Para los que la vivieron,
aquello fue un evento que marcó sus vidas al rojo. Luego llegaría la
Segunda Guerra Mundial, que se habría llamado la Madre de todas las
Guerras si la CNN hubiese existido entonces (afortunadamente no
existía y tampoco me importaría nada que dejara de existir ahora).
Vietnam fue otra guerra que casi todos hemos conocido, aunque nos tocara en
la más tierna infancia, pero no llega a la categoría de las otras dos,
ni siquiera para los usamericanos. Por otro lado, a éstos las
dictaduras les suenan a algo lejano y sudamericano, aunque los más
cultos normalmente te pueden citar la de Franco, una de las tiranías
con más caché internacional del último siglo después de la de Hitler,
Stalin —y para algunos, la de Castro—). Pero para los españoles, el
Franquismo y la Guerra Civil son sin duda los eventos históricos más
profundos por los que ha pasado el país en el último siglo. La caída
del muro de Berlín y el colapso soviético son eventos que los alemanes
y los rusos los llevarán en la piel, aunque también marcaron la
conciencia histórica de todo el mundo —y la siguen marcando porque
vivimos a rebufo de procesos que se pusieron en marcha
entonces—. Y hablando de procesos, ningún proceso es más significativo
que la crisis económica que estamos viviendo, o a punto de vivir, si
hacemos caso a muchos analistas.
El mercado de la guerra en sentido conceptual (no hablo del "mercado de armas", sino de la
acción propia de la guerra), en vez de globalizarse se ha localizado:
por ejemplo, hoy en día nadie piensa en la posibilidad de una guerra
mundial y en su lugar tenemo guerras en minúscula diseminadas por todo
el planeta. Pero, por otro lado, las economías y finanzas sí se han
mundializado. Hasta hace 20 años se decía que cuando EEUU pillaba
catarro Europa estornudaba. Pues ahora se puede decir que cuando EEUU
tropieza y se cae, es Europa la que se parte los dientes en la caída.
Y lo mismo se puede decir del resto del mundo (aunque habrá algún país
que no sufra demasiado estos tropiezos, por ejemplo los ubicados en
la zona gluteal del globo, valga el símil antropomórfico).
Y en esas estamos, si nos creemos lo que nos dicen los financieros,
los medios y los líderes políticos. O se pone freno a la caída
iniciada en EEUU, o nos la pegamos todos (dicho de otro modo: o
ponen grasa en el sistema económico o éste se atasca y se cae de morros
de una manera no vista por nuestra generación). Cierto es que poca
gente realmente cree que se podría llegar a aquellos extremos de la
Gran Depresión, pero tampoco hay que caer tan profundamente para que
el sopapo reverbere desde los EEUU y nos deje a todos temblando. Lo
que está claro es que estamos viviendo un momento histórico, tanto por
los eventos como por sus posibles repercusiones. Cuenta el New York
Times que entre los días 15 y 18 de septiembre la economía del país
estuvo a punto de derrumbarse casi por completo por la absoluta falta
de confianza y el bloqueo total de los mercados financieros. El pánico
ocurrió entre bastidores, entre las grandes instituciones financieras,
y no trascendió a la calle, pero la situación debió ser crítica.
Ahora, después de la aprobación del plan de rescate las cosas parecen
haberse estabilizado; al menos hay una estrategia desde el Gobierno,
cosa que antes no existía y los operadores financieros, dejados a su
suerte por las salvajes políticas liberales de Bush, Cheney y cía, corrían
caóticamente de un lado a otro de la jaula como gallinas descabezadas.
Tanto si la crisis se agranda —esperemos que no— como si se le ponen
riendas, yo siento que estoy viviendo un momento histórico, desconocido en 70
años. No lo vemos, no lo notamos, no lo sentimos todavía. Pero ocurre.
De todos modos, sin ser catastrofistas hay que tirar de optimismo.
Hay consenso en que, después de aprobado el rescate, todos podemos
respirar más tranquilos. Se ha puesto la primera piedra de la solución
—o por lo menos no se ha quitado la piedra angular que sostiene el
edificio, que no es poco—. Todavía hay mucho camino que recorrer pero,
se hará con red en lugar de sobre el vacío. Lo que está claro es que
todo esto nos va a costar. Ojalá me equivoque radicalmente, pero
va a a costar dinero, va a tener un costo en confianza y en términos de
actitud; probablemente haya una reacción contra lo bursátil y lo
financiero, por no decir lo político —al loro con los movimientos de
extrema derecha y los populismos: ver Austria—. Nos va a costar, al menos a corto y
medio plazo. Todo tiene solución, y con tiempo y una caña volverán
tiempos más tranquilos y pujantes para todos. Hay que estar
tranquilos y pensar que es una tormenta en el viaje. Esperar una
singladura universal y permanentemente plácida es ilusorio. De momento
hay que plegar velas y soltar lastre. Nos toca pagar el precio de
vivir este momento sin paralelo en nuestra generación. El precio de vivir en medio de la historia.
Si la II Guerra Mundial fue la Madre de todas las Guerras, la Gran
Depresión fue la Madre de las Crisis Económicas. Confiemos en que el pasado se
quede ahí y no haya que añadir ningún ordinal a ese ominoso término
acuñado en los 1930. Personalmente, estoy convencido de que así va a
ser (a pesar de que hay gente que lo ha pintado mal). Una manera
de contribuir a que las cosas no se descaucen es que todos estemos
informados y responsabilizados para que ningún político ni banquero con jeta
nos la clave con palabras bonitas pero falsas. O al revés, con miedos
absurdos que nos acobarden para que ellos se beneficien. No es fácil
acertar y bastante tenemos con gestionar el día a día. Pero,
utilizando un término financiero, en última instancia el principal
accionista de nuestra vida somos cada uno de nosotros. Y a nosotros nos
corresponde el esfuerzo de informarnos, prepararnos y actuar con toda
la responsabilidad que podamos o sepamos. No es fácil. Pero como dice el dicho: nadie dijo que lo sería.
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