Uf, vaya día más guapo que he pasado hoy. Para empezar, ha amanecido un día de primavera-otoño, que en Los Angeles se confunden las dos cosas: es decir, sol y fresco, con hojarasca correteando por las aceras empujada por el viento.
Tenía un casting cerca de Beverly Hills, en Wilshire y Westwood, pasado Rodeo Drive, la zona de tiendas de lujo específicamente levantada para el pijerío turistal local e internacional. He tomado el metro de Vermont/Sunset a Vermont/Wilshire y luego el bus express 720, que me ha dejado cerquita de mi destino, el 10866 de Wilshire Boulevard, cuarta planta: total más o menos una hora de viaje para los 16 kilómetros más o menos que hay. El casting ha sido peculiar: cuatro chicos armenio-judíos o así (por sus nombres y su idioma no lo tengo del todo claro). El caso es que están haciendo una peli un tanto curiosa. No creo que me llamen porque me parece que no doy el tipo que quieren, aunque me lo he pasado bien en el casting, que es mi primer objetivo. O sea, que contento. Al salir, y en vista del tiempo que hacía, he decidido volver en bici. "Ando un poco y cuando vea que viene el bus me paro y me monto", he pensado, ya que iba por la misma calle del autobús, Wilshire hacia el este. Y así, a lo tonto, tipi tapa, me he recorrido medio Los Angeles. Curioso ver cómo se delimitan las zonas: la zona de negocios elegante donde estaba, justo al sur de Beverly Hills, un poco más al este entramos en la zona residencial lujosa, con el Wilshire Country Club y su campo de golf justo al lado de la carretera. Yo silbando encima de mi bici de ocho dólares, sin frenos ni piñones, y me pasaban Ferraris, Rolls Royce, antiguedades de los años 20 y 30, BMWs, etc. He diisfrutado enormemente, con el resolete de la tarde, lasai, lasai... He pasado por Rodeo Drive, donde las tiendas estaban medio vacías, aunque siempre hay turistas enmaquilladísimas y rubísimas y beautiful people comprando cosas (Gucci, Bulgari, Versace etc.), haciéndose faciales etc.. "Este no es mi mundo", pensaba mientras pedaleaba. Yo prefiero las rancheras mexicanas y los tacos de pescado o de carne asada que hacen en "California", el modesto restaurancillo de Virgil y Melrose. Aunque si algún día tengo dinero suficiente para comprar en Bulgari seguro que sabré manejarme bien también. Siguiendo hacia el este nos adentramos en una zona opuesta: mujeres obesas de color sacando carros de la compra llenos de bolsas de plástico del supermercado de 99 centavos, algo así como un "Todo a 100" pero que venden de todo, comida incluida, y los productos no superan los 99 centavos de valor. Las antípodas de Rodeo a un par de kilómetros. Lo que es el mundo.
Pero hemos seguido y otro par de kilómetros al este en Wilshire está el museo LACMA y los campos de alquitrán de La Brea. Así es. La calle y la zona se llaman La Brea porque en ese área, desde tiempos inmemoriales, ha habido campos y vetas naturales de alquitrán que emana desde las profundidades de la tierra. Todavía hay un lago de alquitrán que la tierra expulsa como si fuera aceita a flor de piel. Y se ven las burbujas y pequeñas explosiones producidas por el metano al ser eructado desde el magma terrestre. Pues justo al lado se erige el Museo de Arte del Condado de Los Angeles o LACMA. Todavía no lo he visto por dentro pero ya tengo planes. Hoy me he dedicado a salsear con la brea y un palo en un charco que había por allí. Qué gozada, todo negra, viscosa. Parecía regalíz líquido. Daban ganas de meterle un lengüetazo.
Prosiguiendo mi periplo llegamos a Koreatwon (barrio coreano), entrando ya en la zona central de Los Angeles. Y es así: bancos, comercios, iglesias, restaurantes, todo coreano. Se nota que estamos acercándones al centro neurálgico angelino, aunque todavía faltan unos 3 kilómetros para el punto cero. He buscado un restaurante para comer/merendar/cenar (eran las 4:30 de la tarde), pero el que quería estaba cerrado así que me he acercado al metro de Wilshire y Vermont (no quería bicicletear por Vermont hasta mi casa, que es mucha cuesta y tenía puesto el traje de domingo para el casting: zapatos y camisa.
Y así es como he topado con Lance Armstrong o sus amigos. Cuando he llegado a mi estación (unos 7 minutos, nada), me he encontrado con un barullo de música, un escenario y gente en bicicleta. He preguntado qué pasaba y me he enterado de que Lance Armstrong y su fundación Live Strong (Vive fuerte) habían convocado una marcha ciclista por Sunset Boulevard hasta el Teatro Montalbán para recaudar fondos y generar apoyos en su lucha contra el cáncer. Como hacía fresco, me he lleado a casa a cambiarme de ropa y abrigarme y he vuelto a la concentración justo antes de que saliese Armstrong a hablar. Ha presentado la marcha, ha hablado de su retorno a la bicicleta, de la lucha contra el cáncer. Sunset Boulevard estaba totalmente bloqueado al tráfico, sólo se permitían bicis. Un espectáculo muy bonito ver al atardecer, mientras el sol de ponía, una masa de gente, muchos con camisetas amarillas, enfilar Sunset Boulevard en una recta de varios kilómetros. Yo iba en la cola. Una maravilla, por un día, unos momentos, disfrutar de una carretera amplia, asfaltada para andar en bici sin miedo a los coches, a la gente, a todo lo que se mueve y es un riesgo para el txirrindulari. Son sólo unos 3 kilómetros desde la partida en Sunset/Vermont hasta Hollywood/Vine, donde está el teatro Fernando Montalbán, pero ha sido una gozada; la gente tocando los tiembres, silbando (yo), saludando a los que miraban desde la acera. Y luego el giro a la derecha en Vine, la masa de ciclistas de amarillo...Muy bonito.
Y para acabar, a la vuelta, he coincidido con mi amiga salvadoreña que trabaja en "California". Estaba preparando tacos en una parrilla afuera del local mientras dentro un vaquero cantaba rancheras y corridos mexicanos ante una audiencia de familias latinas celebrando su día de asueto, de disfrute semanal. Esto no tenía nada que ver con Rodeo Drive ni Beverly Hills. Dos mundos en la misma ciudad. Yo me quedo con el olor de la parrilla y el sonido de esos bafles de feria.
Y nada, de allí a casa. Un café, una madalena de postre y a prepararme para el corto de mañana.
Lo dicho, un buen día.