Wednesday, April 30, 2008

AQUI Y OBESIDAD

Aquí, porque sigo aquí. Aquí las cosas funcionan un poco a
borbollones. Por lo menos a mi. Una semana pasan muchas cosas y la
semana siguiente muy pocas. A veces el flujo se puede medir incluso
por días. En el cómputo general se puede decir que no me aburro. Entre
las cosas que han pasado están que el domingo tuve una actuación, una
lectura dirigida en Santa Mónica de una obra de teatro de Michael
Halperin. La obra se enmarca dentro de lo que aquí se conoce en
términos muy generales como "teatro judío", es decir, escrita por un
judío, protagonizada básicamente por actores judíos, sobre un
personaje judío y, básicamente, dirigida a un mercado muy cercano a la
historia y sensibilidades judías. ¿Cómo entro yo ahí? Bueno, supongo
que el director no se cierra en banda con el tema actoral y le debí
impresionar en el casting (o mi acento sefardí le despistó, je,
je). Lo cierto es que la mayoría, aunque creo que no todos los actores, sí son
de la religión de Abraham. Pero lo son, me parece, más por nacimiento quepor su adherencia a las reglas de "su" religión, me huele (vamos, como yo en lo católico). Lo cual tampoco quiere decir nada especial. No hay nada cultista ni cerrado en la obra ni en el trato ni
nada de eso. Todo es absolutamente normal, simplemente con esa
particularidad (que se hace bastante evidente en los descansos porque
el director y autor de la pieza está muy centrado en su mundo, aunque
no es ortodoxo, ni mucho menos). Bueno, el caso es que bien por este
lado. Además, el teatro está en Santa Mónica, que está en casacristo de la frontera de
donde yo vivo, es un sitio muy japening. Aquello parece el paseo de la
concha, con tanta gente y cafeterías y restaurantes y músicos y
pizzerías etc. Ambientazo.

Y hablando de pizzerias, ayer vi bajando del autobús al hombre más
obeso obeso obeso que he visto en mi vida. Solamente de acordarme me
entra una pena enorme. Era joven, no más de 32 o 33, bastante alto,
1,80 más o menos. Bajé del bus y me lo encontré al pobre que llegaba,
sudando a chorros, bamboleando una panza enooooooorrme de un lado al
otro de la acera como una bola de blandiblub inmensa que llevara
colgueteando desde el pecho a las rodillas. Unos pantalones caídos y
medioarrastrados en los que fácilmente cabrían dos yos. O más. Llevaba
gafas y el hombre iba mascullando gracias por la arribada del autobús ; debía estar hecho polvo del calor y de andar cuatro pasos, porque no creo que pudiera andas muchos más. Impresionante. Triste. 

Pero además, hace unos días vi algo peor en el metro. Eran pasadas las 12 de la noche y el metro está prácticamente desierto. Salí del vagón al llegar a mi estación y bajo la luz fluorescente, helada, desalmada, vi a una mujer sola sentada en una silla de ruedas motorizada. Llevaba puestas unas gafas de sol enormes y una masa ingente, indescriptible,deforme de carne fláccida le caía obscenamente sobre los tobillos. Era como si la masa tuviera vida propia. No daba crédito a lo que veía. ¿Qué hacía aquella mujer, sola, en una silla de ruedas a aquellas horas en el metro? ¿Estaba sin techo? ¿Era una de esos miles de personas dementes, desmoronadas, que se arrastran por las esquinas y las sombras de esta ciudad? Eso era aún más chocante, que aún con aquella apariencia y en aquella situación, en aquel lugar y en aquel momento, lo curioso era que dentro de la imagen tan extravagante que configuraba, había en ella algo de compuesto. Pero a la vez había algo de desamparado. Subí las escaleras luchando por vencer el impulso de mirar para atrás para comprobar que era cierto lo que había visto.