la Depresión. Ford baja las ventas el 25% en un mes. General Motors
pierde miles de millones de dólares. Los bancos que han recibido
700.000 millones de dólares no quieren prestar dinero. Los desahucios
por impago de las hipotecas se multiplican. Más de 1 millón de puestos
de trabajos perdidos en un año. Y ahora, Obama de capitán.
Me da la impresión de que estamos en el fin de un ciclo que empezó en
los 80 del siglo pasado. Un ciclo de desregulación descerebrada,
liberalismo dogmático, avaricia económica y social y, en general, un
ciclo de latrocinio legalizado y de redistribución salvaje de la
riqueza de las clases medias y bajas a las altas. La burbuja se
desinfló un par de veces o tres en ese periodo, pero lo de ahora es un
reventón en toda regla. Es esperpéntica la imagen que nos deparan los
periódicos todos los días. Noticias extraídas de algún No-Do sepia de
una película B por barata e increíble. Lo alucinante es que es verdad.
Wall Street, los directivos, los analistas de Bolsa, viven sus últimas
horas, días, meses de gloria. Los cuellos blancos y corbatas Armani;
los martinis secos; los Ferraris y las mansiones; los viajes de fin de
semana a pescar peces espada en Belize o a jugar al golf en Bahrein.
Todo esto se acabó. La sensatez tiene que volver de la mano de las
faraónicas subvenciones estatales que estas sanguijuelas hipócritas
van a recibir de los contribuyentes. ¿No?
Aquí es donde entra Obama. Obama llega con el estandarte del cambio.
Pues bien, nada, pero nada, marcaría mejor ese cambio que pasar por la
piedra a Wall Street. Que se acaben las bonificaciones millonarias por
chupar del bote y seguir la corriente, sin más; que se exijan
responsabilidades a los ejecutivos de los bancos. Que devuelvan sus
cesantías hipermillonarias después de llevar la empresa a la quiebra.
Está claro. ¿Sí? Veremos.
Obama dice lo que hay que decir, pero hay que esperar a ver si hace lo
que hay que hacer. Hace unos años la multinacional energética ENRON se
fue al carajo por haber especulado indecente -e ineptamente- con
derivativas energéticas (o sea, bolas de aire rellenas de nada). Eso es justo lo que ha pasado con las hipotecas. La misma idea. Aquello no sirvió de aviso. Todo el mundo
iba a toda pastilla, ciego; la meta, arramblar a toda costa con una parte del
pastel antes de que se evaporara. El deporte de riesgo ha consistido en
jugarse los ahorros (muchas veces los de los demás) a entrar y salir
del mercado con beneficios antes de que se desmoronara, algo así como
entrar en un edificio en llamas para rescatar a alguien antes de que
se derrumbe, con la diferencia que aquí se trataba de robar la caja
fuerte, no de salvar a sus dueños. Un fraude a escala mundial.
Patético ver a los comentaristas financieros USA poniendo cara de
miedo cuando Obama sale a hablar: ¿Qué va a hacer? ¿Nos encaminamos
hacia el socialismo? ¿Sus políticas serán pro-Bolsa o irán contra
ella? Patético ver cómo se revuelven en el fango económico que ellos
han contribuido a crear durante años jaleado cada desregulación, cada
instrumento financiero sintético, cada desboque bursátil sin razón, y
ahora que el país y medio mundo están en caída libre tienen MIEDO de
la persona que precisamente propone hacer algo diferente. La Bolsa
baja porque no confía en Obama, dicen. Surrealista. No hay nada más
surrealista que la estupidez disfrazada de expertise.
Hablan de Obama como si la economía fuera de cine y éste viniera a
romper la buena marcha. Patético el poder del dogma ideológico sobre
la realidad. No hay más ciego que el que no quiere ver, qué dicho más
cierto, más acertado. Acusan a Obama de redistribuir la riqueza y se les nubla, se les blanquea el cerebro, cegados (convenientemente) a la obscena redistribución que se ha llevado a cabo estos últimos 20 años y especialmente estos 8 de la clase media y baja a la alta, a los millonarios más millonarios de todo EEUU y la que sigue produciéndose a escala global. Pero eso no es redistribución (asumen), eso es el orden natural de las cosas. Mentalidades preilustradas ensartadas en trajes Dior.
Es a Obama al que le toca afrontar este panorama. Desde luego, por lo
que le he visto en campaña y hoy, en su comparecencia ante la prensa, es un hombre muy adecuado para llevar el timón en este vendaval. A ver si al final los usamericanos van a tener
que hacerle un monumento en el monte Rushmore a este hombre negro, o
un memorial en Washington. Es muy pronto para decirlo, claro. Pero si
las leyes de la naturaleza sirven de ejemplo, no sería extraño que
después del devastador despliegue de incompetencia, mendacidad, venalidad y
arrogancia del Gobierno Bush, la ley del equilibrio hubiese traído de
alguna manera a alguien con un aura de competencia, serenidad y pies
en el suelo, justo lo ideal para manejar la crisis. Esperemos que sea así.
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