un 80 por ciento son los menos profesionales, mas maleducados y
peligrosos que he visto en mi vida. Tratan a la gente como si fuera
medio escoria. Y ellos se comportan igual, como si tuviesen un trabajo
que les da asco y quisieran salir de ahí cuanto antes. En ese
contexto, cada pasajero se convierte en enemigo. Llevo aquí cuatro
meses pero acumulo ya muchas historias que me dejan alucinado. Desde
los que no paran en las paradas porque les corre prisa llegar al
depósito (no sé muy bien si al de autobuses o al de cadáveres), hasta
los que te insultan, pasando por los que van conduciendo y hablando
por el móvil o paran el bus, se bajan y se van a comprar un paquete de
patatas fritas y una coca cola ( y conducen comiendo, el volante en
una mano y las papas en la otra).
La otra buena es que en el 90 por ciento de los casos nunca, NUNCA
paran donde está la fila de gente: o 10 metros antes o 10 después,
haya gente en silla de ruedas, ancianos o lo que sea. Alucinante.
La última me ha pasado esta tarde. Venía de un casting cerca de los
estudios Universal, en Universal City (Burbank ). Pillo el 163 de
vuelta por los pelos; salgo del casting hablando con este chico iraní
que he conocido,Arman, y veo el bus que llega. A toda fostia cruzo la
carretera (cuatro carriles) en ambar-rojo. A toda leche porque el
siguiente no pasaba hasta dentro de una hora y no era plan estar
esperando bajo un sol de justicia en tierra de nadie—allí no hay nah—.)
Así que tomo el 163. No problem. Cruzamos las colinas por el paso de
Cahuenga y llegamos a Hollywood y Highland (aquí va todo por
intersecciones). Última parada. Este conductor era bastante majo,
normal. Sin más. Me voy a la parada del 217, que supuestamente me
lleva hasta mi calle. Un calor achicharrante en mitad de Hollywood
Boulevar. Turistas a tutiplén. Las inglesas rositas, como en Benidorm,
y las mexicanas al McDonalds, a comer. En medio el tropel de
vendedores que te quieren clavar un tour por las casas de los famosos:
si les dejas te endilgan un puerrillo de recorrido por un pastón.
Tienen más labia que Bill Clinton después de dos guiskis, que ya es
decir. Un par de mujeres armenias esperan al bus también. Aquí hay
muchísimos armenios. Casi más que en Armenia propia, y no lo digo en
broma. Llegaron cuando el genocidio turco en los años 1920 y luego en
la diáspora postsoviética. Un calor achicharrante. Sale humo de las
estrellas de la acera. La de Marilyn Monroe se derrite frente al
McDonalds mientras las jóvenes con sueños de cristal se hacen fotos
agachadas y apuntado con el dedo el nombre de la diva muerta. Llega el
217. Salvados. Entramos. Aire acondicionado. Ahhhhhh. Ufff. Qué
alivio. Mi reino por una toallita. No problem. En seguida nos
amoldamos al frescor. De repente, el conductor para el bus y dice:
última parada. Estamos a 2 kilómetros de la mía, a la que se supone
llega el 217. Las mujeres armenias no entienden muy bien lo que pasa y
se miran y se preguntan algo. Una hace ademán de preguntarle al
conductor si éste no es el 217 pero no acaba la frase. Resignación
soviética. Nadie más dice nada y como borregos abandonan el bus.
Resignación usamericana. Yo me acerco al chófer y le pregunto
amablemente: ¿este no es el 217? "Bajen del autobús" me dice
imperativamente, sin mirarme a la cara y apuntando con el dedo afuera.
Como si yo no existiera. Le vuelvo a preguntar: ¿pero no es este el
217? Respuesta idéntica, gafas de sol, visera y la misma frase
estúpida y robótica: "Bajen del autobús". Yo ya medio mosqueado me doy
cuenta de qué va el tío y le vuelvo a hacer la pregunta pero sin
levantar el tono. El tío me aparta y me dice que me baje y que mire la
señal. Hay gente bajando, no tengo sitio. Le digo que espere a que
bajen los que van delante mío. Me quiere apartar y le digo que no me
toque. Me dice gritando que me vaya a tomar por culo y que me baje de
su puto autobús (utilizo las traducciones más adecuadas para los tacos
e insultos que ha lanzado). Le digo que el autobús no es suyo, que es
de todos. Me dice que soy un jodido anormal y que el también paga
impuestos. Se va hacia detrás del autobús. Le digo que yo por lo menos
no insulto a la gente. Se viene hacia mi y me vuelve a gritar que él
también paga impuestos y que soy un jodido anormal. Ya fuera, le
replico tranquilamente mirándole a la cara y marcando las palabras:
"pero por lo menos yo no insulto a la gente. Y eso me hace mejor
hombre que tú". Y me largo.
Así.
También hay conductores majos y serviciales, gracias a Dios. Pero como
digo, una gran mayoría son lamentables. Como si estuviesen en trabajos
forzados. Como la mayoría de la gente que usa el sistema público de
transporte es inmigrante y gente con pocos recursos, yo creo que están
acostumbrados a tratar a la gente como quieren. Conmigo tienen fiesta.
Lo mejor es que no me ha agobiado para nada el tema. Otra experiencia
más. Y contando.
Gero arte.
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