Thursday, October 16, 2008

CUANTA ENERGIA DEDICADA A LA MENTIRA. CUANTA CEGUERA

Veo un papel pegado a la farola, de esos con alguna oferta casera y
con esos papelillos con el número de teléfono colgando. "Si sabes de
alguien que quiera ganar o perder peso, yo les puedo ayudar a hacerlo
comiendo lo que quieran". Me pongo enfermo. Otra señal más, otra de
tantas y tantas de la energía, de la dedicación que ponen tantas y
tantas personas a vivir del engaño, de la patraña, de la burla, de la
mentira, del fraude, del robo, del abuso, de la falsedad. Un ejemplo
mínimo de algo cada vez mas frecuente. Y siento asco.

Y reflexiono sobre el miedo de la gente a hablar, a comunicarse a
expresarse, a valorar la vida con toda su maravilla y fragilidad, la
dificultad enorme para comprender y aceptar el valor de lo que se
posee en términos de relaciones, salud, vida y refugiarnos en nuestros
propios laberintos de los que un día saldremos para morir. La cuestión
está en saber si cuando llegue el momento de desaparecer habremos
hecho todo lo posible para vivir. No para ganar dinero ni tener una
casa más grande o una esposa más guapa. Sino para amar y conectarnos,
dar y compartir, ayudar y crecer como personas. Estamos en la sociedad
del miedo, y cuando no hay miedo, hay escapismo, y cuando no hay
escapismo hay culpabilidad, y cuando no hay culpabilidad hay silencio
culpable o miedoso. Saludas y te miran raro. No dices nada y eres
raro. Te muestras vulnerable porque hablas de tu vida y te toman por
débil o por loco. Es gracioso, cómo los valores, los valores sí, se
han tergiversado perversamente en nuestra sociedad. Cuánto ciego hay,
qué ciegos vivimos. Nos creemos inmortales; nos puede la
arrogancia, y sólo porque está cubierta del betún brillante de algún
logro esencialmente banal, no porque valga para nada que no sea una
perspectiva distorsionada de nosotros mismos y de los demás. Tenemos
puestas las gafas al revés. Y por supuesto, nosotros siempre tenemos
razón. Es el tonto de enfrente, el pobre, que no sabe lo que dice, el culpable de mi sensación de vacío. Si yo soy un tío cojonudo. Aunque no haga nada, soy cojonudo. Aunque sólo
me queje, soy cojonudo. Y si no me quejo, más todavía. Por eso, ¿para qué me voy a relacionar con nadie? Si me valgo conmigo mismo. Yo y mi ombligo.  No me hace falta nadie más. Perfecto. Eso sí, cuando el antídoto que creemos tener contra el miedo a vivir se evapora y la losa de la soledad se desploma fría sobre nuestras cabezas, entonces nos acordamos de todas las oportunidades que hemos dejado escapar, algunas tan cercanas y valiosas. Creemos que siempre habrá una más. Pero la seguridad no existe. Entre obviar y ser obviado, la diferencia son cinco segundos, lo que se tarda en cambiar el tiempo verbal. Así es la vida.

Friday, October 10, 2008

CASI COMO EL 11-S

Así es como me siento hoy. No tan shockeado ni tan triste, pero si
impactado y un poco abrumado por lo que está pasando con los mercados.
Estoy preocupado pero me siento optimista. Me parece una locura total
y el 75% de lo que ocurre es puramente irracional, estoy convencido.
Lo mismo que era irracional para alguien con un sueldo de 1500 euros
meterse en un piso o en un chale de 80 kilos de los de antes (más caro
en Urretxu que en Brooklyn , cuando el salario medio en NY es más que
el doble, por no decir el triple del de España era algo alucinante).
Pues lo mismo pasa ahora. Que la gente está
llevando a la quiebra a empresas increibles que, por muy mal que
puedan estar, es imposible que su valoración real sea la que refleja su cotización.
General Motors ha perdido el 90% de su valor desde Octubre del 2007. Como si fuera un
simple taller de reparación. Por muchos problemas que tenga la empresa, estoy seguro, SEGURO, que vale más que eso. Y como ésta, muchas otras, incluídas bastantes bancos (aunque hay algunos cuyos dirigentes bancarios —en EEUU y Europa—que tenían que ser llevados ante los tribunales).

En fin, que la gente, cuando nos empanicamos hacemos cosas que dos
semanas, o dos meses, o dos años más tarde, nos pesan. Y es normal. O
sea, es normal que nos preocupemos y que tomemos decisiones
impulsivas. Siempre digo que yo no soy ningún héroe y la gente normal
tampoco, por lo que pedir nervios de acero cuando vemos lo que estamos
viendo es pedir algo bastante heroico. Cierto. Pero
también es cierto que el mundo no se va a acabar mañana ni el 2009. (Y
mira tú que si se fuera a acabarse de verdad, ¿para qué cojones nos
preocupamos de la Bolsa?). Es comprensible la reacción que estamos
viendo, pero hay que hacer un esfuerzo (todo esto me lo digo a mi
mismo) para arriar velas pero sin romper el mástil sólo porque estemos
en mitad de la tempestad. Ésta pasará seguro. No sabemos si en un año
o tres. Pero que pasa, SEGURO. Lo que no podemos hacer es tirar todo
por la cubierta, porque el viaje va a seguir, para bien o para mal, después del ciclón.

Me acuerdo que el 12 de septiembre de 2001 fue un día esplendoroso,
brillante, soleado. El cielo de Nueva York era de un azul hermosísimo.
Ni una nube. Y en las calles había un silencio casi reverencial. La
gente nos mirábamos con ojos de fraternidad y solidaridad. Hablábamos
con extraños, aunque fuera en tonos muy bajos, como si estuviéramos en
la iglesia, o en un a biblioteca. Y nos comunicábamos. Lo que me hace
sentir ahora como entonces es la necesidad de estar con gente, al
menos rodeado de otros seres humanos. Entonces los restaurantes se
llenaron. La mejor paella de mi vida me la comí con mi sobrino Urko y
mi amigo escultor Larry en un restaurante español, Montero, en el
viejo muelle de Brooklyn. Urko y yo llegamos hacia las 9 de la noche,
exhaustos, después de patear todo el día por los alrededores de la zona cero —hasta donde nos dejaron pasar los tanques— filmando y haciendo entrevistas a las familias de gente que había estado en lastorres. Fue una locura. Lloré. Pero cuando nos topamos con Larry, los tres
nos alegramos de romper el hechizo particular que cada uno arrastraba después de dos días surrealistas. El restaurante a rebosar. No por insensisibilidad hacia
lo ocurrido, sino porque todo el mundo quería estar con gente. Sentir
la vida, no por despreocupación. Así me siento un poco yo hoy. Que caigan las Bolsas es muy dolorosos, pero menos grave que caigan dos edificios, mueran asesinadas miles de personas y se plante la semilla de decenas de miles de muertos más. Pero cuando he escuchado 'Imagine", de John Lennon, me ha venido a la cabeza una imagen de aquel día 12 de septiembre de 2001: atardecer en  el paseo marítimo de Brooklyn, sobre la bahía de Manhattan; al otro lado del río, el distrito finaciero con el vació de las torres; sólo un gigantesco penacho de humo podrido que duraría días. Decenas de personas congregadas para compartir sentimientos y dejar un tributo a las víctimas. El sol brillante se está poniendo por detrás de la estatua de la
libertad. Una bicicleta destartalada apoyada sobre la barandilla, no
veo a su dueño; sobre la parrilla trasera, sujeta con una cuerda de
esparto, una radio desdentada. De repente, empieza a sonar "Imagine".

Por eso me ha venido todo a la cabeza. No es tanto ni tan grave. Pero,
al igual que entonces, tengo necesidad de estar con gente. Aquí no hay
Montero ni paella, al menos que yo sepa. Mi sobrino estará en Zumarraga, y Larry sigue en Nueva York. Me tendré que conformar con un café con leche y una madalena en el café de la esquina. A lo mejor entablo conversación con mi vecino o vecina. Quién sabe. Visto todo lo visto, me conformo. (Por cierto, el café se llama Psychobabble, que quiere decir algo entre "Diarrea Mental" " y "Bla, bla, bla". Casualidad, hace unos años pinté un cuadro que también titulé así: Psychobabble.)

PD. Después de escribir esto y venirme al café, he tenido una conversación con el cafetero, un mexicano muy seco y bastante brusco que hoy tenía ganas de charlar, y con !mi vecina!, una irlandesa que vive en frente mío y hasta hoy no habíamos coincidido. O sea, que a veces lo que se pide se nos concede. ¡Salud y a por ellos!


Tuesday, October 7, 2008

EL ACUARIO


     Desde que entró en el restaurante, el hombre no había parado de llorar. Le había pedido al camarero la mesa cercana al escaparate, la que miraba a la calle, justo al lado del florero gigantesco repleto de plantas tropicales que se inclinaban sobre la pequeña fuente de mármol que daba vida al ala izquierda del comedor.

     Sin parar de llorar, se sentó de cara a la cristalera, observando, entre cataratas de agua salada, el ir y venir de la gente y de los perros. No sabía por qué lloraba, y no quería saberlo. El camarero ni le miró a la cara cuando entró; evidentemente estaba acostumbrado a ver gente llorando descon-soladamente en su restaurante. Además no tenía tiempo que perder porque tenía que vigilar a un señor con parche en el ojo y pintas de pirata que se había sentado en la mesa de al lado del piano de cola. Estaba claro que aquel bucanero estaba esperando una oportunidad para escabullirse hacia el instrumento y ponerse a tocar algún réquiem con sus manos de garfio, cosa que en aquel lugar, a pesar de la epidemia de tristeza, estaba absolutamente prohibido.

      Cuanto más lloraba el hombre, más triste se ponía, lo que hacia que desease llorar aún más. Ya no le quedaban pañuelos para secarse el torrente de lágrimas que le brotaba de los ojos, así que comenzó a utilizar las elegantes servilletas de color de rosas y bordados de abedul que encontró púlcramente dobladas encima de la mesa. Como el camarero no tenía tiempo que perder con este hombre que lloraba tanto, porque tenía que vigilar al pirata, le trajo un menú y se fue sin esperar, no sin antes darle otra servilleta y aconsejarle que moviera su silla un poco más cerca de la rejilla del desagüe, para dar fluidez al proceso de evacuación del río de lágrimas.

      Los efectos de la marea habían comenzado a ser notados por los demás comensales. Por ejemplo, un niño que andaba aburrido por allí mientras su abuela y su madre devoraban una ristra de costillas de venado como si fuera lo último que les quedara por hacer en la vida, hizo trizas el menú y construyó un barquito para hacerlo navegar entre los mares que se habían formado entre las mesas. La intrépida y abstraída abuela, en un descanso de la tripada costillar comenzó a quejarse de que con tanta agua se le iban a mojar las enaguas, y de que no tenía otras, por lo que exigía que cerraran los grifos inmediatamente.

      Completamente ajeno a estos acontecimientos, el hombre seguía llorando a borbotones. Sin embargo, poco a poco empezó a gustarle aquello de llorar. Notaba que era como martirizarse con el cilicio pero sin sangre, una especie de entrega espiritual a uno mismo, una dejación de responsabilidad vital y una inmersión en el pozo transparente de la auto-compasión. Y todo eso sin saber por qué.

      De repente se dio cuenta de que una multitud se había agolpado delante del escaparate y le miraba con curiosidad. Probablemente serían unas 17 personas, 3 niños y 2 perros, un cocker y un huski. Le encantaban los huskis, pero a éste no le podía ver bien, porque se lo impedían las lágrimas. Una chica de unos 15 años tenía la nariz y los labios pintados de morado pegados al cristal, mirándole fijamente a los ojos.

      Finalmente, el camarero vino a anotar su pedido. Llegó subido en la barca de salvamento que el restaurante guardaba siempre para estos casos, que eran cada vez mas numerosos. Tan pronto como el hombre le pidió el bocadillo de lentejas y el estofado de cangrejos venecianos en su salsa, el camarero tomó los remos y se fue a la cocina, donde los cocineros, como caldereros de un barco que se hunde, se afanaban por mantener el fuego vivo entre tanto agua que les llegaba ya hasta los fogones.

      El cocker, aburrido porque no pasaba nada y nadie le daba un pedazo de chorizo, se fue. La multitud también se comenzó a hastiar de aquella escena. Un tipo llorando hasta convertir un restaurante en un acuario, con niño, madre y abuela incluidas, ya no causaba tanta impresión como al principio. Al fin y al cabo, hoy en día cualquiera puede llorar a mares. Uno a uno todos se fueron dispersando. Sólo quedaban la chica y el huski, que a lo mejor iba con ella, pero no era seguro. El hombre seguía llorando, ya casi con el agua al cuello, encantado de lo bien que le salía. Desde que había aprendido a llorar la vida era más sencilla, menos tensa, más agradable. Qué bien.

      Llegó el camarero con la comida. Justo en el momento en que empezaba a zamparse el entremés de lentejas, entraron en el restaurante la joven y el perro; por la manera en la que se conducían era obvio que ninguno de los dos había estado antes en un local de tanta categoría. Lentamente, con timidez, se acercaron a su mesa.

      "Hola", dijo la chica. El perro se rascaba la oreja mientras esnifaba con cierto aire de desprecio al aromático estofado de cangrejos que aguardaba encima de la mesa.

      "Hola", respondió el hombre, sonándose los mocos con la parte baja del mantel.

      "¿Nos dejas llorar contigo?" preguntó la chavala.

      "Claro, por supuesto. Llorar es libre", respondió él.

      Y la chica y el perro se sentaron a la mesa y comenzaron a llorar desconsoladamente, sin que el camarero, que seguía sin quitarle el ojo de encima al pirata, les prestara mayor atención.

      A la abuela, la cosa le hizo menos gracia, porque el agua le había empezado a llegar al sujetador, y no le quedaba otro para recogerse sus ampulosas tetas, por lo que sin esperar a la madre, que había ido al servicio a hacer sitio para el postre de arroz con leche que había pedido, agarró al niño, con barquito y todo, y se lo llevó de allí en el flotador que siempre llevaba en el bolso para situaciones de emergencia.

      "Abuela, abuela, yo también quiero llorar", gritaba el niño.

      "Aquí no, en casa", respondió la abuela.

      Cuando la madre del niño, y niña de la abuela, regresó del servicio y vio que se encontraba sola y sin arroz con leche, sintió una tristeza muy grande y decidió que sería bueno desahogarse con alguien. Nadando se acercó a la mesa donde estaban el hombre, la niña de 15 años y el huski, llorando a trío de una manera perfectamente sincronizada y alegre.

      "¿Puedo llorar con vosotros?" preguntó, muy seria.

      "Claro. Acércate. Llorar es libre", respondió el can, que de joven había estudiado literatura, y entendía mucho de política.

      Y la madre, agarrándose al mantel, se subió encima de la mesa, que por ahora estaba flotando a la altura de la copa de las plantas tropicales, y se puso a llorar.


Saturday, October 4, 2008

OTRA REFLEXIÓN SOBRE EL PRECIO DE LA HISTORIA

Toda generación pasa por momentos históricos. Ciertamente, en algunos países esos momentos se repiten demasiado y la gente acaba viviendo al otro lado de la historia, en un
limbo en el que los eventos se fagocitan unos a otros dejando a su paso un reguero de
pura nada. Me refiero fundamentalmente a esos países destrozados 
de Africa o Asia que todos tenemos en la mente, o que recordamos apenas
abrimos el periódico.

Pero nosotros que vivimos en la vertiginosa montaña rusa del mundo
industrializado, contamos la historia por guerras, dictaduras y crisis económicas. Aunque también dentro de estas categorías hay grados. Nuestros bisabuelos y abuelos hablaban de la Gran Guerra para referirse a la Primera Guerra Mundial. Para los que la vivieron,
aquello fue un evento que marcó sus vidas al rojo. Luego llegaría la
Segunda Guerra Mundial, que se habría llamado la Madre de todas las
Guerras si la CNN hubiese existido entonces (afortunadamente no
existía y tampoco me importaría nada que dejara de existir ahora).
Vietnam fue otra guerra que casi todos hemos conocido, aunque nos tocara en
la más tierna infancia, pero no llega a la categoría de las otras dos,
ni siquiera para los usamericanos. Por otro lado, a éstos las
dictaduras les suenan a algo lejano y sudamericano, aunque los más
cultos normalmente te pueden citar la de Franco, una de las tiranías
con más caché internacional del último siglo después de la de Hitler,
Stalin —y para algunos, la de Castro—). Pero para los españoles, el
Franquismo y la Guerra Civil son sin duda los eventos históricos más
profundos por los que ha pasado el país en el último siglo. La caída
del muro de Berlín y el colapso soviético son eventos que los alemanes
y los rusos los llevarán en la piel, aunque también marcaron la
conciencia histórica de todo el mundo —y la siguen marcando porque
vivimos a rebufo de procesos que se pusieron en marcha
entonces—. Y hablando de procesos, ningún proceso es más significativo
que la crisis económica que estamos viviendo, o a punto de vivir, si
hacemos caso a muchos analistas.

El mercado de la guerra en sentido conceptual (no hablo del "mercado de armas", sino de la
acción propia de la guerra), en vez de globalizarse se ha localizado:
por ejemplo, hoy en día nadie piensa en la posibilidad de una guerra
mundial y en su lugar tenemo guerras en minúscula diseminadas por todo
el planeta. Pero, por otro lado, las economías y finanzas sí se han
mundializado. Hasta hace 20 años se decía que cuando EEUU pillaba
catarro Europa estornudaba. Pues ahora se puede decir que cuando EEUU
tropieza y se cae, es Europa la que se parte los dientes en la caída.
Y lo mismo se puede decir del resto del mundo (aunque habrá algún país
que no sufra demasiado estos tropiezos, por ejemplo los ubicados en
la zona gluteal del globo, valga el símil antropomórfico).

Y en esas estamos, si nos creemos lo que nos dicen los financieros,
los medios y los líderes políticos. O se pone freno a la caída
iniciada en EEUU, o nos la pegamos todos (dicho de otro modo: o
ponen grasa en el sistema económico o éste se atasca y se cae de morros
de una manera no vista por nuestra generación). Cierto es que poca
gente realmente cree que se podría llegar a aquellos extremos de la
Gran Depresión, pero tampoco hay que caer tan profundamente para que
el sopapo reverbere desde los EEUU y nos deje a todos temblando. Lo
que está claro es que estamos viviendo un momento histórico, tanto por
los eventos como por sus posibles repercusiones. Cuenta el New York
Times que entre los días 15 y 18 de septiembre la economía del país
estuvo a punto de derrumbarse casi por completo por la absoluta falta
de confianza y el bloqueo total de los mercados financieros. El pánico
ocurrió entre bastidores, entre las grandes instituciones financieras,
y no trascendió a la calle, pero la situación debió ser crítica.
Ahora, después de la aprobación del plan de rescate las cosas parecen
haberse estabilizado; al menos hay una estrategia desde el Gobierno,
cosa que antes no existía y los operadores financieros, dejados a su
suerte por las salvajes políticas liberales de Bush, Cheney y cía, corrían
caóticamente de un lado a otro de la jaula como gallinas descabezadas.
Tanto si la crisis se agranda —esperemos que no— como si se le ponen
riendas, yo siento que estoy viviendo un momento histórico, desconocido en 70
años. No lo vemos, no lo notamos, no lo sentimos todavía. Pero ocurre.

De todos modos, sin ser catastrofistas hay que tirar de optimismo.
Hay consenso en que, después de aprobado el rescate, todos podemos
respirar más tranquilos. Se ha puesto la primera piedra de la solución
—o por lo menos no se ha quitado la piedra angular que sostiene el
edificio, que no es poco—. Todavía hay mucho camino que recorrer pero,
se hará con red en lugar de sobre el vacío. Lo que está claro es que
todo esto nos va a costar. Ojalá me equivoque radicalmente, pero
va a a costar dinero, va a tener un costo en confianza y en términos de
actitud; probablemente haya una reacción contra lo bursátil y lo
financiero, por no decir lo político —al loro con los movimientos de
extrema derecha y los populismos: ver Austria—. Nos va a costar, al menos a corto y
medio plazo. Todo tiene solución, y con tiempo y una caña volverán
tiempos más tranquilos y pujantes para todos. Hay que estar
tranquilos y pensar que es una tormenta en el viaje. Esperar una
singladura universal y permanentemente plácida es ilusorio. De momento
hay que plegar velas y soltar lastre. Nos toca pagar el precio de
vivir este momento sin paralelo en nuestra generación.  El precio de vivir en medio de la historia.

Si la II Guerra Mundial fue la Madre de todas las Guerras, la Gran
Depresión fue la Madre de las Crisis Económicas. Confiemos en que el pasado se
quede ahí y no haya que añadir ningún ordinal a ese ominoso término
acuñado en los 1930. Personalmente, estoy convencido de que así va a
ser (a pesar de que hay gente que lo ha pintado mal). Una manera
de contribuir a que las cosas no se descaucen es que todos estemos
informados y responsabilizados para que ningún político ni banquero con jeta
nos la clave con palabras bonitas pero falsas. O al revés, con miedos
absurdos que nos acobarden para que ellos se beneficien. No es fácil
acertar y bastante tenemos con gestionar el día a día. Pero,
utilizando un término financiero, en última instancia el principal
accionista de nuestra vida somos cada uno de nosotros. Y a nosotros nos
corresponde el esfuerzo de informarnos, prepararnos y actuar con toda
la responsabilidad que podamos o sepamos. No es fácil. Pero como dice el dicho: nadie dijo que lo sería.

Sunday, September 28, 2008

FOTOX

Hoy tengo ganas de mostrar mi mejor careto, que un poco de publicidad nunca viene mal.

Antes de salir a escena. Dark Side of the Moon.

Atardecer en la azotea de mi casa.

Thursday, September 25, 2008

MÁS REFLEXIÓN SOBRE MERCADOS, POLÍTICA ETC.

Recuerdo perfectamente cómo a mediados de los 1980, pasamos de un
periodo glacial en la Guerra Fría a un calentamiento cuasi amoroso
entre USA y URSS. De estar al borde de otra "crisis de los misiles"
por el despligue balístico en Alemania del Oeste y la respuesta
soviética en Polonia a, de repente, una entente cordial que me dejó
perplejo. Me acuerdo de estar en la estación de Zumárraga esperando al
tren y leyendo El País y pensando esto mismo. ¿Pero hace dos días no
estábamos casi a punto de darnos de ostias nuclerares y ahora nos
dicen que las relaciones están mejorando? Y no había pasado nada
perceptible para que así fuera. Era como el libro 1984 de George
Orwell (curiosamente, las fechas a las que me refiero eran
aproximadamante esas, 1984-1986 creo). Ahí fue cuando empecé a darme
cuenta —aunque la certeza, más o menos, no la he tenido hasta más
tarde, de cómo nos manipulan, más o menos difusamente, desde las alturas. Y no me estoy
refiriendo a Dios. Recuerdo una miniserie en los 1970, Capitanes y
Reyes, donde al final se mostraba a un pequeño club secreto de
personas reunidas para tomar decisiones que iban a afectar al mundo.
Creo que entonces hablaban de crear una guerra entre USA y España (era
finales del siglo XIX). No es un concepto nuevo este de las élite
secretas que manipulan eventos. El financiero George Soros está
considerado como alguíen que hace dos décadas (no me acuerdo la fecha
concreta, podría ser más tarde) casi lleva a la ruina a Gran Bretaña
por apostar él solo contra la Libra esterlina y dejar al país,
mediante movimientos especulativos, temblando.

Pasó lo mismo poco antes del 11-S (y no me refiero a la teoría de la
conspiración sobre sus autores, que es muy interesante y da casi
terror creérsela). No quiero entrar ahí ahora. Me refiero
sobre todo a que la economí USA vivía el boom de las puntocom. Había
señales de cansancio económico y estaba claro que había una burbuja.
Pero lo que me llamó la atención de una manera clara fue cómo durante
el interim de la elección-designación del presidente USA después del
carnaval bananero de las papeletes de Florida (hubo un mes en el que
no había ganador y el Tribunal Supremo se arrogó la decisión), cada
uno de los candidatos empezó a hablar como si fuera ya presidente.
Pero Bush y sus esbirros (Cheney) se encargaron de repetir y repetir
que la economía estaba mal, muy mal, metiendo miedo a la gente hasta
que al final todo el mundo se lo creyó. Nunca he visto a un presidente (y mucho menos a uno que está en la antepuerta de serlo. Era como si estuvieran diciendo al país: "A lo mejor Al Gore ha obtenido más votos —que los tuvo— pero yo soy el adecuado para sacar al país del lodazal en el que YO os digo que nos vamos a meter". Lo que no decía era que el fondo privado de inversión en el que participa su familia, junto con los reales saudíes, hacía ya más de un año que había empezado a desinvertir en las puntocom) salir a la palestra ANTES de una crisis y decir que el país está en crisis. En la vida. Hasta entonces. Se podrá pensar que el hombre sabía lo que se avecinaba y estaba siendo buen servidor público al decirlo. Pero vistos los movimientos financieros y políticos de la época  (intervención inconstitucional del Tribunal Supremo, descalabro bursátil posterior, 11-S y política del miedo) sonaba más a eso, a una estrategia prefijada de atemorizar—para desde el poder hacer lo que beneficiaba a sus colegas oligarcas—que a una de informar y de dar confianza al país.

El caso es que ahora nos asustan con otra Depresión. Quizás sea verdad,
pero al final, esto huele a lo de siempre. Un puñado de élites
plutocráticas se han forrado durante años a costa de expoliar los
mercados y contaminarlos con dinero radiactivo. Y ahora se lavarán las
manos y se irán a casa con millones de dólares en compensación por los
"servicios" prestados (y nunca mejor dicho lo de prestados) y el común
de los mortales, contribuyentes, ahorradores, pequeños inversores etc.
se quedan a limpiar los restos de la francachela y a pagar por los
destrozos causados. Otro legado más del "Final de la Historia"
predicho por el tal Fukuyama, es decir, de la historia entre el modelo
soviet y el modelo Washing. Nos quedamos con éste y se nos están
derritiendo las túnicas de oro chapado con que nos vistieron el
santurrón que nos endilgaron.

Un monumental fraude a escala mundial.