con esos papelillos con el número de teléfono colgando. "Si sabes de
alguien que quiera ganar o perder peso, yo les puedo ayudar a hacerlo
comiendo lo que quieran". Me pongo enfermo. Otra señal más, otra de
tantas y tantas de la energía, de la dedicación que ponen tantas y
tantas personas a vivir del engaño, de la patraña, de la burla, de la
mentira, del fraude, del robo, del abuso, de la falsedad. Un ejemplo
mínimo de algo cada vez mas frecuente. Y siento asco.
Y reflexiono sobre el miedo de la gente a hablar, a comunicarse a
expresarse, a valorar la vida con toda su maravilla y fragilidad, la
dificultad enorme para comprender y aceptar el valor de lo que se
posee en términos de relaciones, salud, vida y refugiarnos en nuestros
propios laberintos de los que un día saldremos para morir. La cuestión
está en saber si cuando llegue el momento de desaparecer habremos
hecho todo lo posible para vivir. No para ganar dinero ni tener una
casa más grande o una esposa más guapa. Sino para amar y conectarnos,
dar y compartir, ayudar y crecer como personas. Estamos en la sociedad
del miedo, y cuando no hay miedo, hay escapismo, y cuando no hay
escapismo hay culpabilidad, y cuando no hay culpabilidad hay silencio
culpable o miedoso. Saludas y te miran raro. No dices nada y eres
raro. Te muestras vulnerable porque hablas de tu vida y te toman por
débil o por loco. Es gracioso, cómo los valores, los valores sí, se
han tergiversado perversamente en nuestra sociedad. Cuánto ciego hay,
qué ciegos vivimos. Nos creemos inmortales; nos puede la
arrogancia, y sólo porque está cubierta del betún brillante de algún
logro esencialmente banal, no porque valga para nada que no sea una
perspectiva distorsionada de nosotros mismos y de los demás. Tenemos
puestas las gafas al revés. Y por supuesto, nosotros siempre tenemos
razón. Es el tonto de enfrente, el pobre, que no sabe lo que dice, el culpable de mi sensación de vacío. Si yo soy un tío cojonudo. Aunque no haga nada, soy cojonudo. Aunque sólo
me queje, soy cojonudo. Y si no me quejo, más todavía. Por eso, ¿para qué me voy a relacionar con nadie? Si me valgo conmigo mismo. Yo y mi ombligo. No me hace falta nadie más. Perfecto. Eso sí, cuando el antídoto que creemos tener contra el miedo a vivir se evapora y la losa de la soledad se desploma fría sobre nuestras cabezas, entonces nos acordamos de todas las oportunidades que hemos dejado escapar, algunas tan cercanas y valiosas. Creemos que siempre habrá una más. Pero la seguridad no existe. Entre obviar y ser obviado, la diferencia son cinco segundos, lo que se tarda en cambiar el tiempo verbal. Así es la vida.