desde LA hasta Torrance. Hace un calor infernal y acabo de encontrar
aparcamiento en el único punto de sombra de El Camino College.
Ni se me ocurre bajar la ventanilla, no sea que me ahogue de calor. Me
repantigo para leer un poco el periódico mientras espero. Son las dos
menos cuarto y hemos quedado a las 2. Al parecer soy el primero en
llegar. Suena el teléfono y es Christie, que a ver qué tal estoy. Hace igual tres meses que no nos vemos y me empieza a contar su vida: que está tomando clases de programación y que no para de currar, aunque le han subido el sueldo un pastón, o sea que está
contenta. Pero si no fuera porque le dan seguro médico, que nanay, que no
se quedaba ni por el forro de un gabán de chinchilla, que lo suyo es el arte, las películas de culto y los cigarrillos con boquilla, no las computadoras. Que sí, que los cigarrillos con boquilla son una mariconada, pero que a ella le gusta ¿y qué? Todo lo dice ella, en plan metralleta, mientras yo trato de doblegar las inmensas hojas del periódico para ver la programación deportiva de mañana domingo: ¿qué partido echarán de la Premier? El Burnley-Portsmouth, vaya flojo. Bla, bla, bla...Christie dándole al monólogo. Es un encanto de mujer; alucino cómo puede respirar, porque no para de hablar ni un segundo. Qué habilidad. Si yo hablara tanto y tan rápido me quedaría morado de la falta de aire. Pero no me molesta; es casi relajante, un runrún que mezclado con la calma chicha del mediodía empieza a amodorrarme. Bla, bla, bla...que en fin, que hay que pagar facturas... Justo en ese trance me entra otra llamada, la cojo (no le digo nada a Christie, total no se va a enterar de que la he dejado en espera): es Trent, que ya viene. Vuelvo a Christie: me tengo que ir, me buscan. Ah, pues bien, me dice. ¿Quedamos para tomar algo el jueves? Guay. Ciao. Y cuelgo, no sea que se reenganche. Bajo la ventanilla porque el calor está ya adentro, como un ente maligno de Halloween que se haya metido por debajo de las puertas.
Y finalmente llega Trent y...todo se queda oscuro.
Lo siguiente que me acuerdo es que estoy en la terraza del auditorio.
Es de noche y estoy vestido de negro, con la cara pintada de betún. A
la luz de la luna, un par de tipos se afanan a martillazos con una
especie de cadalso robespiérrico, pero en lugar de guillotina hay una
polea de la que cuelga una cuerda. Junto a mi hay un hombre también de
negro con la cabeza cubierta con pasamontañas. Me hace el signo de OK
con el pulgar para arriba y supongo que sonríe porque veo sus dientes
blancos por el agujero del pasamontañas. Tengo la cabeza nublada, como
si la kalima que empieza a tapar las luces de la ciudad hubiese
entrado en mi cerebro. Hace viento y tengo el estómago revuelto. La
terraza esta alta, muy alta, y pequeña, muy pequeña. No me gusta. No
quiero mirar al horizonte porque me entra vértigo aunque no esté junto
a la baranda. Pero es que me parece que todos estamos subidos a la
baranda, o lo podíamos estar en un pis pas. ¡Qué pequeño y que alto
está esto! Poco a poco me vuelve la memoria, me centro más o menos
aunque el estómago sigue a su propio ritmo, más propio de una montaña
rusa que de un órgano supuestamente asentado del sobrevalorado
organismo humano. ¿Qué coño hago yo aquí subido, vestido de negro y la
cara embetunada, rodeado de gente dando martillazos y tipos con
pasamontañas? ¿Me habrá secuestrado algún reality?
Continuara...
3 comments:
hola enrike q pasoo ,voy aprobar si este comentario llega como anonimo XDD
ok ,me pongo como anonimo y funciona bueno pues te mando un saludo fuerte desde eitza q ya era hora
Aupa Igor! Ya veo que registra el sistema. Guay. Ondo izan!
Post a Comment