punto de conseguir un trabajo en una serie. Es la oportunidad de su
vida. Es la última entrevista, el último casting, esta vez con los
ejecutivos de la cadena de TV. Está ya pensando en cómo va a tener
espacio de parking reservado en los estudios, la ropa que va a llevar
a los Emmys. Convencido de que su oportunidad ha llegado...pero no le
dan el papel. Al final sale de la reunión desmoralizado, confundido.
Se va a dar una vuelta al Lago Hollywood, que está hecho de cemento,
puramente artificial y se da cuenta —percibe— que "todo" en Hollywood
es artificial. Y decide irse. Al recontar la historia a un amigo le
dice: "Me largué a las dos semanas. No tuve valor. No fue por falta de
talento, sino de valor".
A veces, mientras uno camina de noche por las calles, después de un
día duro de castings con directores de medio pelo, en oficinas
ramplonas, entre actores y aspirantes a serlo dominados por la
ansiedad; cuando no sabes muy bien cómo vas a poder afrontar
económicamente los siguientes meses y la cabeza da vueltas a las
opciones y contraopciones; cuando subes cansinamente las infinitas
escaleras del metro y desembocas en la soledad de la noche, y subes la
cuesta hasta la casa cruzando semáforos y escuchando el bajo atronador
que excretan los coches de este o aquel aprendiz de megalómano; cuando
escuchas la enésima promesa de trabajo que con los días se diluye en
el aire como polvo levantado al paso de un caballo inexistente,
quedando solo el vago eco de las palabras vacías... Cuando todo eso se
va apilando, no es difícil plantearse lo que mi amigo del monólogo.
"Esto es Hollywood, amigo mío", le dice un tipo con el que se
encuentra en el Lago Hollywood. "Aquí no hay más peces que los
tiburones; ni más fondo que el cieno; ni más princesas que las
ranas". En resumidas cuentas, todo es pura mentira, parece decirle ese hombre a Jack.
Pero...pero...pero. Ahí es donde entra en juego la pieza que falta. Una
pieza que, a pesar de su apariencia cartesiana es la antítesis de
Descartes. "Yo soy de verdad y creo en el poder creativo de mi sueño,
luego debe haber otros que también sean de verdad y crean en el poder
creativo de los sueños". La fórmula lógica aplicada a
la categoría mágica de la pura esperanza, de algo intangible como es
la ilusión por crear belleza y trascender nuestra propia vida. Es entonces,
cuando introduces la llave en la cerradura a las 12 y media de la noche,
cuando la mente oscila entre el abismo y el cielo, que luchas por
asirte al hilo salvador de la llamada del espíritu. Porque sabes que
las letras blancas implantadas en la montaña son de cartón-piedra. Pero
sabes, o crees saber, que los sueños y los corazones de muchos que
porfiamos aquí—y en cada lugar del mundo— por hacer nuestras vidas y
las de los demás un poco más bellas son de oro puro y no se derrotan
tan fácilmente. Que tienen valor para seguir por encima de la superficilidad y la falsedad. A lo mejor es simple ingenuidad. Si es así, adoro mi ingenuidad. Entre la maravillosa ingenuidad de esas noches finales o el cinismo acumulado durante los días, me quedo con la primera. Gracias a Dios. Con ella, la vida es mucho más bella.
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