Thursday, March 13, 2008

VA DE PERROS

Bob y su pelota después de la última sesión de Can-y-Ball.

Bob es el nombre del perro de mi roomate o, lo que es lo mismo, mi compañero de piso (que, por cierto, se llama Robert). Bob es un Labrador, pero inglés, o sea que es claro, no negro azabache como otros Labradores (presuntamente ajenos a las islas Británicas).  Bob lleva un babero rojo que parece de San Fermin, donde se lee "No me hagan pedigüeñar", en una traducción libérrima que hago yo del texto en inglés. Bob es un perro simpático, noble, sencillo, cariñoso, honesto, trabajador... Bob apenas ladra, salvo cuando viene el hombre del cable a la puerta. Entonces se pone a aullar y suena como si le fuera a desgajar al hombre el muslamen de un bocado. Pero en realidad es un santo. Y menos mal, porque con la dentadura que gasta el bicho, como te suelte un muerdo, vamos, las fauces de Tiburón se quedan en las del abuelo de la castaña. Esto lo sé por experiencia, porque una de las cosas que le gusta hacer a Bob es jugar a la pelotita. Generalmente cuando su amo no está en casa le digo que me traiga el balón y echamos unas carreritas por la sala—bueno, las carreras las echa él porque yo me limito a darle patadas a la bola en múltiples direcciones y él se dedica a jadear y a correr tras ella como si de una ardilla californiana se tratara (la pelota, claro). El caso es que de vez en cuando le lanzo unos toques elevados que le obligan a saltar (le encanta, no es nada cruel, por si hay algún/a estrecho/a en la audiencia) y a cazar al pájaro al vuelo. ¡Madre mía que bocados le mete al aire! Si pilla la bola, bien, pero como no la coja, el ruido que hace la mandíbula al cerrarse y al chocar diente con diente es estremecedor. ¡CLAC! ¡CLAC! ¡CLAC! Es como una claqueta de cine, de esas con las que se marcan las tomas de cada secuencia, multiplicado por diez. Menos mal que es un perro dócil y bonachón, que si no iba a vivir aquí Rita la cantatriz. Lo mejor es que es muy listo. Le digo que coja la bola, se va a donde está tirada, y me la trae a los pies. Cuando le veo jadear que ya no puede, le digo que se la lleve, que ya hemos acabado, me da las gracias y se la lleva. Una maravilla de can. Obediente. Comprensivo. Feliz.
Ahora sólo falta que deje de sacudirse la pelambre encima de mi plato cuando estoy cenando. 
Si consigo eso, fetén de la muerte.


 

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