ocurre hasta que me veo en una azotea, vestido de negro, de noche y
rodeado de gente trabajando. Estoy en medio del "set" a cincuenta y pico metros de altura.
"El desierto es un espacio. Y los espacios se cruzan"
Poco a poco me retorna la memoria. Recuerdo a un tipo acercándose al
coche después de colgar con Christine. Y vagamente, como a trazos
nebulosos, logro atar las piezas. Cómo acompaño a este hombre de
bigote morsal —más tarde descubriré que era Trent y que en su juventud
fue luchador de lucha libre y hace películas de karate en Hong Kong
para el mercado chino—hasta los bastidores del teatro; el movimiento,
la gente trajinando, los vestuarios, el tipo de pelo blanco que hace
de policía...Veo a Rick sentado en su silla de ruedas, incapaz de
moverse por su obesidad (si subo dos escaleras me muero, me dirá
luego) pero no de dirigir el cotarro. Y entonces recuerdo lo que me
hizo perder la consciencia: el puro miedo, el canguelo, el mero pánico
como dicen los mexicas, al ver la escalera metálica de caracol por la
que tenía que subir a la terraza donde me encuentro enjaulado. Me
empiezan a sudar las manos, y el corazón bate a tres mil por hora.
¡Joder, y encima ahora tengo que volver a bajar por la jodida
escalera! El trallazo mental que me dio cuando Rick me dijo que la
escena se filmaba en la terraza me dejó la mente en blanco, sin duda
un mecanismo autodefensivo del organismo para dominar el terror de
altura. Qué hijoputa el Rick: si me llega a decir en el casting que
hay que subir cincuenta metros en vertical por una escalerilla
enclenque con una barandilla que me llega a la rodilla iba a hacer la
escena Rita la cantaora en dueto con su p...madre, pienso. Eso pienso
ahora, porque lo que pensé cuando Rick me lo dijo abajo está borrado
por los litros de adrenalina que produjeron mis hormonas para subir la
puñetera escalera sin matarme.
Pero lo peor es que ahora que estoy arriba ya no me queda
adrenalina...y todavía hay que bajar. Aunque primero hay que rodar la
secuencia, claro, maldita la gana que me queda. Es Noviembre y estamos
a 10 grados pero me siento que el cuerpo me hierve como si estuviera
en el desierto de las Bardenas en mitad de agosto. "Ready?". Oigo la
voz del tipo del pasamontañas, que según parece es mi compañero de
escena. Procuro concentrarme, quizás así se me vaya el terror de
altura. Asiento con la cabeza, aunque mi mente está en Timbuktú. El
cámara empieza a rodar, tiro de la polea y el del pasamontañas hace
que se tira de la azotea. Lo que me faltaba: que me dieran ideas.
¡Ostias, que marrón! Para que luego digan que ser actor es fácil. Me
sudan hasta las uñas, se me ha corrido el betún de la cara y creo que
me ha dado un tirón en la ingle, me duele la cabeza y me castañetean
los dientes. Parezco un catálogo oficial de efectos secundarios.
¡Corten! Se acaba el tema. Pues no. Ahora el cámara —Rick le da
instrucciones por radio: claro, el cabrón de él se ha quedado abajo en
su silla de ruedas mientras los demás nos jugamos el tipo— dice que hay que hace otra toma. Vale Jackie Chan, que tú te hagas los stunts bien, porque te pagan una
pasta, pero es que yo vengo aquí de mindundi, tronco. Nunca más, lo
juro por la gloria de mi perro Antxon, que es lo más bueno que me tocó
en vida (en la de Antxon, claro). Me muevo para un lado para que la
cámara encuadre mejor. ¿OK? Ok, ¡vamos quillo, que quiero
bajarme de aquí ya¡ pienso. "Muy bien, se acabó". Es oír eso y en un pis-pas estoy
en la trampilla listo para largarme. Oigo que alguien me dice que coja el
trípode para ayudarles a bajar las cosas. "Tengo prisa y estoy
acojonado. No me gustan las alturas" le espeto en mi mejor acento de
Brooklyn al pavo que me ha hablado, un carpintero que se está fumando un porro.
"Si quieres te bajo el martillo", le digo. Me mira con
cara rara, pero contesta que OK (OK es como "vale" en España, todo es
OK, aunque te toquen los c... OK esto, OK lo otro, ¡viva el OK! OK,
bajo el martillo. Pesa un huevo, unos tres kilos, pero me da igual. Me dará lastre para no caerme por la barandilla, pienso (las chorradas
que le pasan a uno por la cabeza a veces; en fin). Finalmente me deslizo a duras penas por
la escotilla de la terraza y me encuentro de pie sobre un suelo de rejilla
metálica construido sobre el abismo; estoy tan alto que se me desvía la mirada para
abajo y apenas distingo a Rick y al resto del personal, a unos 50 metros. (Y no distinguir a Rick tiene tela, porque pequeño no es...) Se me hiela la columna vertebral y no me meo de milgaro. No quiero mirar. No debo mirar. No miraré. Ni martillo ni leches; me van a hacer
falta las dos manos. Raudo, cruzo el suelo de rejilla pero sin correr,
no sea que se raje y me vaya ATPC. Finalmente, alcanzo la escalerilla,
enroscada y estrecha como una soga, y empiezo a bajar...(Continuará).
Ni se me ocurre bajar la ventanilla, no sea que me ahogue de calor. Me
repantigo para leer un poco el periódico mientras espero. Son las dos
menos cuarto y hemos quedado a las 2. Al parecer soy el primero en
llegar. Suena el teléfono y es Christie, que a ver qué tal estoy. Hace igual tres meses que no nos vemos y me empieza a contar su vida: que está tomando clases de programación y que no para de currar, aunque le han subido el sueldo un pastón, o sea que está
contenta. Pero si no fuera porque le dan seguro médico, que nanay, que no
se quedaba ni por el forro de un gabán de chinchilla, que lo suyo es el arte, las películas de culto y los cigarrillos con boquilla, no las computadoras. Que sí, que los cigarrillos con boquilla son una mariconada, pero que a ella le gusta ¿y qué? Todo lo dice ella, en plan metralleta, mientras yo trato de doblegar las inmensas hojas del periódico para ver la programación deportiva de mañana domingo: ¿qué partido echarán de la Premier? El Burnley-Portsmouth, vaya flojo. Bla, bla, bla...Christie dándole al monólogo. Es un encanto de mujer; alucino cómo puede respirar, porque no para de hablar ni un segundo. Qué habilidad. Si yo hablara tanto y tan rápido me quedaría morado de la falta de aire. Pero no me molesta; es casi relajante, un runrún que mezclado con la calma chicha del mediodía empieza a amodorrarme. Bla, bla, bla...que en fin, que hay que pagar facturas... Justo en ese trance me entra otra llamada, la cojo (no le digo nada a Christie, total no se va a enterar de que la he dejado en espera): es Trent, que ya viene. Vuelvo a Christie: me tengo que ir, me buscan. Ah, pues bien, me dice. ¿Quedamos para tomar algo el jueves? Guay. Ciao. Y cuelgo, no sea que se reenganche. Bajo la ventanilla porque el calor está ya adentro, como un ente maligno de Halloween que se haya metido por debajo de las puertas.
Y finalmente llega Trent y...todo se queda oscuro.
Lo siguiente que me acuerdo es que estoy en la terraza del auditorio.
Es de noche y estoy vestido de negro, con la cara pintada de betún. A
la luz de la luna, un par de tipos se afanan a martillazos con una
especie de cadalso robespiérrico, pero en lugar de guillotina hay una
polea de la que cuelga una cuerda. Junto a mi hay un hombre también de
negro con la cabeza cubierta con pasamontañas. Me hace el signo de OK
con el pulgar para arriba y supongo que sonríe porque veo sus dientes
blancos por el agujero del pasamontañas. Tengo la cabeza nublada, como
si la kalima que empieza a tapar las luces de la ciudad hubiese
entrado en mi cerebro. Hace viento y tengo el estómago revuelto. La
terraza esta alta, muy alta, y pequeña, muy pequeña. No me gusta. No
quiero mirar al horizonte porque me entra vértigo aunque no esté junto
a la baranda. Pero es que me parece que todos estamos subidos a la
baranda, o lo podíamos estar en un pis pas. ¡Qué pequeño y que alto
está esto! Poco a poco me vuelve la memoria, me centro más o menos
aunque el estómago sigue a su propio ritmo, más propio de una montaña
rusa que de un órgano supuestamente asentado del sobrevalorado
organismo humano. ¿Qué coño hago yo aquí subido, vestido de negro y la
cara embetunada, rodeado de gente dando martillazos y tipos con
pasamontañas? ¿Me habrá secuestrado algún reality?
Continuara...
Al ser sábado, el tráfico no es muy intenso y los seis carriles de la
autovía se encuentran fluidos; en poco tiempo llegaré a Torrance, una
de las localiades del extrarradio sur de Los Ángeles. La hora del
encuentro son las 2 de la tarde y, por una vez, voy sobrado de tiempo.
No sé si será el efecto osmótico de haber vivido tanto tiempo en el
país del tiempo es oro, o un aspecto oscuro de mi personalidad que
aflora preferentemente aquí. Lo cierto es que en España siento que
tengo más tiempo y me apresuro menos, mientras que en Los Ángeles me
convierto en un malabarista con siete bolas en el aire —y un par de
teas.
Pero hoy no. Hoy voy bien. He hecho un par de compras por la mañana,
he regresado a mi apartamento de Koreatown, duchita, preparar la
maleta y al coche a la 1 pm. Considerando que el ordenador me dice que
la duración estimada del viaje —si no me equivoco de autovía— es de 23
minutos, voy bien. De lujo.
Son casi la 1:30 cuando tomo la salida hacia Redondo Beach. Por el
camino he ido dejando un paisaje inexpresivo de cemento e hileras de
vallas publicitarias. Las avenidas Van Ness y Manhattan Beach tampoco
se escapan del guión angelino de almacenes, restaurantes baratos y
comercios de planta aderezados con palmeras importadas en algún
momento entre 1900 y 1950 (vamos, que no son oriundas de Los
Ángeles). Al final llego a mi destino (el conocido; el otro ya
veremos); El Camino College, en la avenida Crenshaw. Después de dar
una vuelta por una calle que circumvala el campus de este centro de
enseñanza superior descubro el supuesto punto de encuentro: el parking
del auditorio. El calor azota de plano; si estaciono al sol y me quedo
en el coche (no hay ningún sitio donde ir) me puede dar un síncope. La
policía del campus patrulla; al cruzarse conmigo, dos gendarmes me
saludan desde detrás de sus gafas de sol; por el color de sus pieles
son hispanos. Son las 2 menos cuarto cuando encuentro un espacio a la
sombra de una de las palmeras inmigradas. Es el único punto de sombra
del parking. Al ser sábado, y mediodía, no hay nadie. Menos mal.
(Continuará).
Como en casa menos en el plano logístico, porque allí, al estar en
casa de mis padres, todo lo doméstico lo tengo hecho, pero aquí ha
sido llegar y tener diez mil fuegos que apagar —o que encender—. Por
ejemplo, no tenía gas, por lo que la compañía local ha tardado una
semana en darme servicio. Resultado: una semana sin agua caliente,
cocina ni calefacción. Además me andan cambiando la instalación
eléctrica, o sea que sin luz en la habitación. La puerta del garage
está cascada y los asientos del coche se despedazan. La radio funciona
sólo cuando está caliente —a su capricho, por supuesto. Y el
retrovisor de un lado brilla por su ausencia. Pero bien, el motor
funciona de maravilla (cruzo los dedos). Sumando pequeños problemas
técnicos, los mensajes de texto de mi móvil no les llegan a mis amigos
y los de ellos tampoco me llegan a mi. Afortunadamente tengo Internet —
menos ETB, cuya retransmisión no se ve, a pesar de que se lo he dicho
repetidas veces—.
En fin, todo esto en plan chascarrillo de buen humor. Ya empieza a
salir el sol y hace un atardecer precioso. Me voy a ver la película
"Nashville" de Robert Altman. Mañana Reservoir Dogs de Tarantinovitch.
Y hace un par de semanas se estrenó en el Sci-Fi Channel la peli Open
Graves, con mi debut televisivo en un canal nacional estadounidense.
Papel pequeño pero profundo. La paradoja es que la peli se rodó en
Bizkaia.
Bueno banda (a ver si os animais alguno a dejar un comentario, para
que sepa que no escribo al vacío). Agur.
El aterrizaje, después de un viaje largo, largo, largo, está siendo
bastante bueno. De momento me lo tomo con calma porque el "choque
cultural" sigue siendo importante. Comer y dormir, aspectos
fundamentales de la recuperación. Aunque ayer domingo ya me di un
voltio por Chinatown. Entré en un templo budista muy chulo (parecía
una frutería de tanta fruta fresca que había en ofrenda) y me dieron
de comer gratis. Efectivamente, todos los domingos y fiestas de
guardar dan de comer gratuitamente a cualquiera que se acerque. Yo lo
hice por curiosidad, porque no es habitual ver una mesa alargada tipo
sociedad con gente comiendo en mitad de un templo, por muy budista o
muy en Los Ángeles que esté. Cuando pregunté a las mujeres que estaban
sirviendo (unas mamás chinas) me dijeron que si quería comer y, claro,
puestos a ello no me pude negar. Desde luego no era el Subijana chino,
pero entró bien el papeíllo. Bonita experiencia.
Y hoy me he entrevistado con un manager que me ha prometido que me va
ayudar en mi carrera. Como no cobra, salvo comisión por los curros que
me consiga, no hay nada que perder así que le he dicho que p'alante.
Me ha parecido un tío con bastantes ganas de funcionar bien; puede que
sea puro espeech. Pero si el no se lo curra no gana, así que una
cierta garantía de que va a esforzarse si hay. Veremos.
Tenía un rodaje para este sábado pero se ha pospuesto hasta el
siguiente —creo, porque el que llega el calendario o fuma mucho porro,
o tiene principio de Alzheimer de lo despistado que anda. Veremos
también si al final es el sábado u otro día.
Y poco más. Una cosa buena es que el coche me arrancó a la primera,
que no es poco. Ahora habrá que lavarlo, que el pobre parece un
sintecho sobre ruedas de tanto polvo que se ha acumulado sobre el capó
y bajo el capó.
Laster arte.