del Downtown. Tengo que estar despierto porque es muy fácil meterse en
la I-5, o en la I-101, y acabar en el valle de San Gabriel, o sea en
casacristo de la frontera de mi destino. (Aunque si el azar me llevara
allá quizás mi destino sería precisamente ése, pero no es hora de
filosofar, ya me entiendes). Hace mucho calor y el sol del mediodía
me cae encima como una espada quemada. Menos mal que funciona el aire
acondicionado de mi Toyota negro. Tras un minuto de duda compruebo
que las señales, efectivamente, marcan la dirección correcta: un punto.
Al ser sábado, el tráfico no es muy intenso y los seis carriles de la
autovía se encuentran fluidos; en poco tiempo llegaré a Torrance, una
de las localiades del extrarradio sur de Los Ángeles. La hora del
encuentro son las 2 de la tarde y, por una vez, voy sobrado de tiempo.
No sé si será el efecto osmótico de haber vivido tanto tiempo en el
país del tiempo es oro, o un aspecto oscuro de mi personalidad que
aflora preferentemente aquí. Lo cierto es que en España siento que
tengo más tiempo y me apresuro menos, mientras que en Los Ángeles me
convierto en un malabarista con siete bolas en el aire —y un par de
teas.
Pero hoy no. Hoy voy bien. He hecho un par de compras por la mañana,
he regresado a mi apartamento de Koreatown, duchita, preparar la
maleta y al coche a la 1 pm. Considerando que el ordenador me dice que
la duración estimada del viaje —si no me equivoco de autovía— es de 23
minutos, voy bien. De lujo.
Son casi la 1:30 cuando tomo la salida hacia Redondo Beach. Por el
camino he ido dejando un paisaje inexpresivo de cemento e hileras de
vallas publicitarias. Las avenidas Van Ness y Manhattan Beach tampoco
se escapan del guión angelino de almacenes, restaurantes baratos y
comercios de planta aderezados con palmeras importadas en algún
momento entre 1900 y 1950 (vamos, que no son oriundas de Los
Ángeles). Al final llego a mi destino (el conocido; el otro ya
veremos); El Camino College, en la avenida Crenshaw. Después de dar
una vuelta por una calle que circumvala el campus de este centro de
enseñanza superior descubro el supuesto punto de encuentro: el parking
del auditorio. El calor azota de plano; si estaciono al sol y me quedo
en el coche (no hay ningún sitio donde ir) me puede dar un síncope. La
policía del campus patrulla; al cruzarse conmigo, dos gendarmes me
saludan desde detrás de sus gafas de sol; por el color de sus pieles
son hispanos. Son las 2 menos cuarto cuando encuentro un espacio a la
sombra de una de las palmeras inmigradas. Es el único punto de sombra
del parking. Al ser sábado, y mediodía, no hay nadie. Menos mal.
(Continuará).




